domingo, 23 de noviembre de 2025

Bailad malditos

En su libro "La Verdad de Agamenón", Javier Cercas cuenta una anécdota de su pueblo natal, Ibahernando -Cáceres- en el que, durante el transcurso de las fiestas locales, cuando se celebraban los bailes la gente que no bailaba permanecía agarrada a un palo clavado en mitad de la pista, mirando con expresión patética las evoluciones de los bailarines, es decir, de la gente integrada. 

Es sin duda una imagen terriblemente descriptiva de la imposibilidad que sienten, que sentimos algunos seres humanos para disfrutar de una actividad para otros tan primaria y espontánea. La inseguridad, la indefensión y la impotencia que produce el sentirse señalado y menospreciado por no compartir esa especie de embriagador rapto de los sentidos, esa conexión inextricable entre música, mente y músculos. 

En los tiempos actuales, en los que tener una orientación sexual diferente a la convencional ya no es, afortunadamente -o lo es cada vez menos- un estigma a ojos de los demás, la incapacidad o la aversión hacia el baile sigue siendo motivo de escarnio, ridiculización y desprecio por parte del resto de los mortales. 

Quien crea que exagero o que estoy haciendo una comparación frívola es porque no ha tenido que experimentar, tantas y tantas veces en su vida, el embarazo de ser interrogado por los motivos de esa desafección, la humillación de ser instado a ensayar unos primeros pasos, a dejarse llevar. ¿Cómo puede alguien pensar que hacer algo cuya mera insinuación es motivo de ansiedad pueda ser un acto liberador y no un esfuerzo de voluntad sobrehumano, de consecuencias previsiblemente vergonzantes? 

Los mismos que considerarían actos abominables, por poner un par de ejemplos, lanzar a una piscina a una persona con miedo al agua o encerrar en un ascensor a alguien con claustrofobia, no tienen ningún reparo en porfiar con su machacona perorata y en buscar la menor ocasión para dejar en evidencia la imperdonable tara que, a sus ojos, arrostramos allá donde nuestro infortunio nos lleve.

Esta falta de empatía, este supremacismo danzador, tiene su origen en la íntima creencia de que, lo que a ellos les produce tan sublime delectación, necesariamente ha de provocar el mismo arrobo en cualquier ser humano que esté un poco más evolucionado que un primate. Es el denominador común de cualquier pensamiento o actitud totalitaria, no hay alternativa porque cualquier alternativa es errónea.

Si esta intolerancia es tan perfectamente tolerada, es debido a la popularidad del baile como actividad grupal, a su consideración de práctica festiva y enardecedora del espíritu y a la proliferación de locales donde esta actividad tiene un retorno económico muy importante. 

Sin olvidar por supuesto que las salas de baile han sido el escenario clásico para más o menos sórdidos rituales de apareamiento, donde los machos alfa más gallardos y cimbreantes pugnaban por ser obsequiados con el favor de las damas, en una coreografía onírica muchas veces favorecida por la ingesta de algún estimulante.

Hablo en pasado porque, como ya sabemos, la vida ahora transcurre en internet, en especial para los jóvenes. Pero allá en un pasado no tan remoto, esta circunstancia podía situar a los jóvenes y adolescentes al borde de la desesperación. Ya no se trataba solo de ser un rarito, un desubicado, un solitario inadaptado -lo cual puede ser relativamente tolerable-, sino de quedar excluido en buena medida del mundo de la sensualidad, en una fase de la vida en la que la pulsión sexual puede ser muy intensa y apremiante. 

Estoy convencido de que muchos de vosotros, lectores, habréis condescendido a ser parte de esta mascarada por este único y esencial motivo. Y este convencimiento proviene de la observación de otros desventurados que se encontraban en una situación similar, entre los que se crea, sin mediar una palabra, una tácita solidaridad similar a la que se establece entre los galeotes, más estrecha cuanto más duramente son espoleados por el cómitre. Es el consuelo mutuo de los que íntimamente saben que, hagan lo que hagan, están excluidos del juego, que son unos farsantes en un mundo que no es el suyo.

Puesto que me considero una persona no dogmática, muchas veces me he preguntado cuanto hay de verdad en el postulado principal de la parte contraria, a saber, si la inapetencia hacia el baile es un síntoma inequívoco de la incapacidad para disfrutar de forma plena y desinhibida de estímulos como la música, el movimiento y el ritmo o, en última instancia, para disfrutar realmente de la vida, al ser incapaces de abstraerse completamente de cualquier otro pensamiento, dejándose llevar por un impulso arrebatador, celosamente traspasado de generación en generación por nuestros egoístas y caprichosos genes desde los tiempos en los que nuestros antepasados vivían en las cavernas.

Sinceramente, no lo sé, pero sí tengo clara una cosa. Somos individuos, y por lo tanto, distintos los unos a los otros. No me siento mejor que tú por nada de lo que sea capaz de hacer, ni voy a intentar jamás convencerte de que seas como yo o actúes como yo. Detesto cualquier forma de proselitismo, y creo que lo peor que se puede hacer con una persona, en aras de su desarrollo y su realización, es pretender que actúe en contra de su naturaleza. Creo, por el contrario, en la escucha y en ofrecer una mano para ayudar a las personas a recorrer el camino que ellas han decidido seguir.

Como conclusión, cuando te sientas tentado de burlarte de la estaticidad de alguno de tus acompañantes, piensa en todo aquello que no te gusta o que eres incapaz de hacer, y que nadie te está pidiendo que hagas -lo cual te dejaría probablemente en mal lugar-. Piensa en la tremenda diversidad de áreas de interés del ser humano y mantén tu mente abierta y libre de prejuicios.

Y por supuesto, baila, baila y disfruta libremente de lo que te hace feliz.  

sábado, 1 de noviembre de 2025

Una caracola en la playa (cuento infantil)

 

En un remoto país vivía una bella princesa de piel satinada y ojos castaños. Era feliz contemplando hermosos paisajes, hablando con las criaturas del bosque y comiendo frutas de todos los colores que recogía de los árboles. Un día que estaba dando un paseo escuchó un sonido y se dirigió al lugar de donde provenía, donde encontró a un conejito blanco masticando una zanahoria con gran placer. 

- Buenos días, señor conejo 

- Buenos días, princesa 

- ¿Cómo se encuentra usted? 

- Muy bien, soy un conejo afortunado, siempre tengo comida y todo el mundo me trata con deferencia. Sin duda, este es un gran lugar para vivir. 

- Me alegra mucho oírle decir eso, ¿le gustaría pasear conmigo? 

- Por supuesto -contestó el conejo, enterrando el trozo de zanahoria que le quedaba para comérselo a la vuelta. 

Recorrieron juntos los senderos, contaron cuántos animalitos se encontraban por el camino, observaron la forma de las nubes tratando de adivinar a qué se parecían, jugaron a rebotar piedrecitas sobre el agua de un riachuelo, rieron y cantaron, hasta que divisaron a una lechuza subida a la rama de un árbol que les miraba atentamente. 

- Señora lechuza, ¿qué hace usted despierta a estas horas? -le preguntó la princesa.

- Sí, es verdad que suelo estar durmiendo durante el día, pero me he quedado despierta porque tengo algo importante que contarte. 

- ¿A mí? 

- Si, mi querida princesa, las hadas del bosque han querido concederte un regalo por la amabilidad y la bondad con la que nos tratas a todos. 

- Oh, me siento muy emocionada, ¿en qué consiste ese regalo? 

- Será el mejor regalo que recibirás en toda tu vida, pero para ello tendrás que hacer antes un pequeño sacrificio. 

- ¿A qué os referís? 

- Tendrás que viajar a un país muy lejano, donde hablan un idioma distinto al nuestro, el sol calienta como el fuego y hay mares azules e inmensos que la vista no es capaz de abarcar. 

- ¿Y el regalo? -insistió la princesa. 

- Solo cuando vivas allí podrás saber cuál es. 

La princesa dudó, pues aunque sentía un gran respeto por las hadas, le daba pena separarse del bosque y de sus criaturas, con las que se sentía tan unida. Al fin dijo:

- De acuerdo, haré lo que me proponéis, pero, para no sentirme tan sola, querría pedirle al señor conejo que me acompañase. 

- Será un honor para mí, princesa -contestó el bondadoso conejo, dispuesto así a cambiar su apacible vida por otra más incierta. 

- ¿Y cómo podremos llegar hasta esas tierras si están tan lejos y además no sabemos el camino a seguir? 

- No os preocupéis, nuestra águila gigante os llevará -sentenció la lechuza. Y en apenas un suspiro apareció un águila majestuosa de enormes alas, que les invitó a subir encima de ella. 

- Subid por favor, yo os llevaré con mucho gusto. 

Y así sobrevolaron montañas nevadas, verdes prados y lagos azules hasta llegar a su destino, donde comenzaron su nueva vida.

Pero pasaba el tiempo y ni la princesa ni el conejo entendían cuál podía ser el regalo del que habló la lechuza.

Un buen día en que paseaban por la playa -ya que a la princesa le fascinaba contemplar el mar- vieron una caracola de color azul marino sobre la arena. 

- En verdad es la caracola más curiosa que he visto en mi vida -dijo el conejo.

- Si, y la más bonita, debemos llevarla a casa y cuidarla. 

Eso hicieron, y ante el asombro de ambos, la caracola iba creciendo día a día. No sólo eso, sino que parecía palpitar, como si albergara vida en su interior.

Una noche, despertaron sobresaltados al oír unos extraños crujidos, ¡la caracola se estaba rompiendo! y ante sus atónitos ojos apareció una dulce princesita de ojos azules como el mar y cabellos dorados como el sol, que comenzó a hablarles. 

- Llevaba mucho tiempo dentro de esa caracola, para poder salir necesitaba que alguien me cuidase y me diese su amor, como tú has hecho. Ahora haré de ti la persona más dichosa del mundo. 

Enseguida comprendieron, tanto la princesa como el conejo, que este era el regalo que le había sido concedido, y no pudieron sino convenir en que no había mejor regalo posible, ya que desde ese momento vivieron los tres felices y en armonía.

La princesita reía, jugaba, se bañaba en el mar -pues este era su elemento natural- y escuchaba embelesada los cuentos que la princesa le leía con su voz llena de ternura, cuentos que hablaban de historias como la suya y que hacían volar su imaginación -y que a veces también la desvelaban-.

Así pasan los años, y cada día la princesa comprende mejor las palabras de la lechuza, que el tesoro con el que ha sido bendecida hace desvanecerse la distancia y el tiempo, y que estés donde estés, el único idioma importante es el del corazón, y éste es universal.

domingo, 26 de octubre de 2025

La Muerte de Eros


Me he preguntado muchas veces si a Patrick Süskind se le habría ocurrido escribir El Perfume en una época como esta en la que vivimos, en la que las personas prácticamente ignoramos la existencia del resto, aislados de cualquier estímulo externo y ensimismados en nuestros dispositivos digitales, la droga moderna con la que intentamos combatir la profunda desazón interior y el vacío existencial al que nuestra sociedad contemporánea nos conduce, por un camino que solemos recorrer con docilidad, si no con ceguera. Por supuesto, como cualquier droga, no solo no nos libera de nuestro mal, sino que lo acrecienta y lo cronifica

Jean Baptiste Grenouille obtiene su singular perfume mediante un macabro procedimiento que implica la muerte de bellas e inocentes jóvenes. En la culminación de su proyecto para obtener la esencia más única jamás soñada, el producto final posee un efecto extremadamente poderoso e irresistible que conduce al impactante desenlace final. Quienes perciben tan extraordinaria fragancia son incapaces de controlar el impulso de atracción erótica hacia quien la porta, incluido el propio Grenouille, lo que causa su perdición.

Si no habéis leído la novela, siento habérosla destripado, pero a fin de cuentas habéis tenido cuarenta años para leerla, o desde que nacisteis si sois mas jóvenes.

Mi pregunta en definitiva consistía en si para el humano de hoy en día, cuyos sentidos están anestesiados por la artificialidad que nos rodea, donde casi todo es un sucedáneo de lo que se supone que debería ser, y que se encuentra tremendamente distanciado de sus congéneres, tanto en el plano emocional como en el físico, por la hiperconexión digital y la censura woke -entre otros factores- sería necesario algo diferente que actuase como revulsivo para su adormecida sensibilidad y su periclitante y reprimida sensualidad.

Para entender lo que hice y por qué lo hice, hay que situar la reflexión anterior en el marco de lo que yo llamo "La Sociedad de la Infelicidad" -que en mi opinión define bastante bien a la sociedad actual-, y en uno de los factores que creo que más han contribuido a consolidarla en las últimas décadas, y que no es otro que su indisoluble relación con la economía. La infelicidad globalizada y persistente se ha convertido en una condición necesaria para la buena marcha de muchos sectores económicos, por no decir todos, ya que de una forma u otra todos se ven afectados por el mayor o menor consumo de bienes y servicios.

Si tú, lector, piensas que mi visión tiene un sesgo de excesivo pesimismo, debo confrontarte con los hechos. Creo que nunca ha existido un momento de la Historia en el que la percepción externa del nivel de felicidad de la población tenga una discordancia tan abrumadora con la información objetiva. 

Si desde todos los medios se nos exhorta a una búsqueda urgentísima y desquiciante de la felicidad como bien supremo -muchas veces mediante ingenuos e irritantes aforismos-, y desde las redes sociales se hace una ostentación obscena de la extrema felicidad de la que se disfruta, mediante fotos y declaraciones que desbordan alegría y plenitud vital, entre bambalinas nos encontramos con que los problemas relacionados con el bienestar emocional nunca han sido tan graves y generalizados.

El porcentaje de pacientes en tratamiento por ansiedad y/o depresión, ya sea psicológico, farmacológico o ambos,  es altísimo y no deja de crecer -sería mucho mayor si contásemos a todos los que no son tratados, pero sufren alguna de estas condiciones-. No solo los profesionales de la Sanidad Pública están desbordados, sino que en la Sanidad Privada el tiempo para obtener una cita es ahora bastante mayor en muchos casos. Las farmacéuticas no paran de invertir en nuevos fármacos que cubran todo el espectro de trastornos -con sus particularidades y ramificaciones- y de sujetos, ya que existen casos que no responden a la farmacopea existente, como si la psique hubiese desarrollado una resistencia similar a la que se produce a veces con algunos antibióticos. Las muertes por suicidio superan con mucho a las de la delincuencia y las guerras juntas, o dicho de otro modo, la principal amenaza para tu vida eres tu mismo. Aunque no aporto cifras exactas ni sus fuentes, todo esto es público y notorio, por lo que al lector interesado le será fácil corroborarlo.

En esta tesitura, resulta natural plantearse cual es la causa de que, en la era de los derechos sociales, de la medicina moderna, de la tecnología, de internet y la inteligencia artificial, etc, parece que vivamos, bajo cierto punto de vista, peor que en la Edad Media. Aunque hoy en día impera el reduccionismo y las explicaciones simplistas, para ser honestos se trata de un fenómeno multifactorial al que me habría gustado dedicar un escrito aparte, aunque por desgracia esto ya no será posible. No obstante, me voy a centrar en lo que he denominado "La Sociedad de la Infelicidad", y en sus dos manifestaciones principales, "La Sociedad de la Insatisfacción" y "La Sociedad del Estrés".

Paradójicamente, tanto la industria como toda esa caterva de modernos chamanes del alma humana autodenominados expertos en desarrollo o crecimiento personal -y otros nombres igual de ridículos-, con sus lemas de filosofía de todo a cien y sus ínfulas de nuevos mesías, junto con su cohorte de proselitistas acólitos sin sueldo, formada por sus seguidores y otros influencers adeptos -que resultarían risibles si no fuese por el daño que ocasionan-, han convertido a la insatisfacción no en un problema y una carencia, sino en un privilegio y una conquista.

A fuerza de machacarnos el cerebro con mantras como: "sal de tu zona confort", "se tu mejor versión cada día", "eres el dueño de tu destino", "puedes ser todo aquello con lo que sueñas si te esfuerzas lo suficiente", etc, y que en el ámbito empresarial tienen nombres aparentemente más inocuos como Mejora Continua, nos han convencido de que sentirse cómodo y satisfecho con lo que uno es y lo que uno hace es un signo de debilidad de carácter, indolencia, falta de ambición o, simplemente, de que todavía vives en la ignorancia de cual es el verdadero camino hacia la realización y felicidad plenas. 

Y así, para no apoltronarte y no dejar ningún cabo suelto, te ves impelido a trabajar catorce horas diarias, a hacer extrañas y peligrosas dietas, a correr o levantar pesas hasta la extenuación, a memorizar palabros de filosofías hinduístas que se supone has de poner en práctica...y por supuesto, a tener cada vez más estrés y frustración, ya que, por construcción, sea cual sea el estadio en el que te encuentres, siempre estarás al principio del camino, la verdadera transformación siempre estará por llegar.

Obviamente, el proceso de soltar lastre no se limita únicamente a los hábitos de vida, sino que se extiende poderosamente a todas las esferas de la existencia, y en especial a una que resulta clave en todo nuestro razonamiento, como es el consumo. La publicidad salvaje y diabólicamente orquestada y la obsolescencia programada hacen que cualquier cosa que poseas se revele ya anticuada e inservible casi en el mismo momento de comprarla. Descubres que te resulta imposible vivir sin cosas que no sabías ni que existían. El proceso de compra se convierte en un lenitivo momentáneo para la ansiedad, pero en realidad lo único que hace es potenciarla, ya que antes de que el envío llegue a tu domicilio tienes el carrito de la compra lleno con cosas que son irrenunciables. Llega un momento en el que el producto en si es prácticamente irrelevante y lo que se necesita es que el circuito estímulo-recompensa se repita continuamente para que tenga lugar la liberación de la dopamina. Se produce así, en mayor o menor o medida, el círculo vicioso que caracteriza a todas las adicciones.

No es sorprendente que la cultura de la inmediatez y del usar y tirar haya llegado también al ámbito de las relaciones sociales, y en particular al de las relaciones románticas. El mensaje que la industria -a quien también hemos delegado este aspecto de nuestra vida a través de las aplicaciones de citas- nos transmite es el mismo que utiliza para los productos de consumo. Puesto que tú eres único y especial, no puedes conformarte con nadie que no sea "lo mejor" en todos los aspectos. Y si crees que lo has encontrado, te voy a enseñar a detectar cuales son las señales de que con el tiempo esa persona no será digna de ti, por lo que tendrás que mantenerte en permanente alerta. De esta forma, la elevación y ambigüedad de las expectativas, junto al gigantesco número de opciones a elegir, al menos a priori, hacen que la rueda no deje de girar, que las relaciones no se lleguen a concretar o duren poco, que es justamente lo que conviene a estas empresas. ¿O acaso somos tan ingenuos como para pensar que, desde que hemos entregado el control de nuestra afectividad al capital, el objetivo de este es que seamos felices y dejemos de necesitarles?

A estas alturas, supongo que ya habéis atado cabos, y habéis visualizado el escenario que se nos presenta, el de una persona aturdida por el exceso de información, muchas veces contradictoria y de escasa fiabilidad. Una persona que cree, porque se lo han repetido hasta la saciedad, que está desperdiciando su vida y que tiene que afrontar un cambio urgente, aunque no sabe exactamente hacia donde debe ir ni cómo. Una persona frustrada y ansiosa, que trabaja hasta el agotamiento y que consume todo aquello que cree que puede elevarle, hacerle salir de su agostamiento, o simplemente hacerle sentir un poco mejor. Una persona que prueba y descarta, en una permanente búsqueda de algo que no existe, que no es más que una falacia creada para convertirle -y he aquí la clave- en una máquina de producir y consumir.

Y a todo esto se suma el hecho quizás más devastador, y es que todo este desasosiego debe afrontarse, en muchos casos, con escaso apoyo, o incluso en la más absoluta soledad. Una soledad que se ve favorecida por la competitividad, la incomprensión y una sociedad digital en la que se trabaja y se socializa a distancia, en la que se ha perdido el contacto humano y las relaciones son cada vez más superficiales, una sociedad en la que los likes se han convertido en el burdo sucedáneo del afecto y la amistad se mide en followers y otras absurdas etiquetas.

Nos hemos olvidado de que somos entes mortales, frágiles e insignificantes, y que nuestro breve paso por la vida no tiene como objetivo ser un modelo de perfección fijado por unos pocos de forma que sirva a sus intereses. Que el vértigo que nos sobrecoge al vernos enfrentados a nuestra finitud y a la aparente falta de sentido de nuestra existencia debería llevarnos a buscar la paz interior, y convertir esta en el centro de nuestro yo. 

Y esta paz no puede alcanzarse, sino todo lo contrario, mediante una permanente renovación de los estímulos y los anhelos, mediante una estéril búsqueda del más difícil todavía. La única -y relativa- paz y plenitud que podemos alcanzar es la que nos proporciona una verdadera conexión con otras personas y con la naturaleza misma, una conexión basada en la compasión y en la aceptación, en la atención y la dedicación mutua, que nos permita recorrer de la mano este camino sinuoso y desprovisto de certezas que es la vida. Y puesto que  parece que todo está en contra, por los motivos ya mencionados, para que las personas vuelvan a conectar unas con otras, se impone la lucha. En todas las luchas se necesitan héroes -y a veces mártires- y aquí es donde entro yo en escena.

He pasado buena parte de mi vida desarrollando habilidades informáticas, y muy especialmente aquellas que me permiten infiltrarme en sistemas ajenos fuertemente protegidos, es decir, soy un hacker -por cierto bastante bien considerado dentro de este mundillo subterráneo-. Siempre me ha gustado moverme en el filo de la navaja y hasta ahora había salido indemne de todas mis incursiones en sistemas corporativos y gubernamentales, aunque todo esto era un juego de niños comparado con lo que he hecho ahora. 

No me voy a extender demasiado con los detalles, ya que no dispongo de mucho tiempo, pero el caso es que he fabricado mi propio perfume, uno capaz de dinamitar desde dentro del sistema el férreo control sobre nuestros verdaderos instintos primarios, sobre nuestra curiosidad y nuestra voluntad de vivir, de desatar la pasión que se esconde en nuestros corazones y que permanece encorsetada y constreñida para asegurar que El Negocio de la Infelicidad continúe prosperando.

He conseguido infiltrarme en las principales aplicaciones de citas, y he creado miles de perfiles falsos mediante inteligencia artificial. Estos perfiles han sido entrenados para estudiar todos los datos y todas las conversaciones de los usuarios reales y convertirse en los interlocutores perfectos, no tanto para convertirse en objetos de deseo, sino para convencer al usuario real de que tiene todas las cualidades necesarias para ser respetado, admirado y deseado, infundiéndole una confianza de la que hasta ahora carecía e instándole a mirar a los demás con los ojos de la transparencia, sin filtros ni disimulos.

El resultado ha sido incluso mas rápido y potente de lo que yo podía esperar. La gente ha salido a la calle con otro aire, sin el característico rictus de sufrimiento, sin la premura por ir a ninguna parte, mirando a los demás con curiosidad, sin temor, y sin ocultar la atracción y el deseo cuando este se produce. Esto ha desembocado en una oleada de lubricidad sin precedentes, aquellas personas que tímidamente se intercambiaban un like, un saludo, alguna conversación inconclusa y desnortada, ahora retozan incansablemente y desoyen cualquier ruido digital en derredor.

Podría decirse que no solo he reprogramado páginas web, he reprogramado sus mentes. He jugado a ser Dios y eso, claro está, se paga caro. Como era de esperar, el poder económico no se iba a quedar de brazos cruzados. En apenas tres días las ventas se han desplomado, las redes sociales están poco menos que desiertas, la gente cumple sus horarios de trabajo sin excesos estajanovistas. Prácticamente todas las compañías importantes, si exceptuamos a los fabricantes de preservativos, han experimentado pérdidas millonarias. Es simplemente algo que no se pueden permitir, y puesto que no han conseguido remediarlo por sus propios medios, han puesto todo su empeño en encontrarme.

Oigo ya los golpes en la puerta y los gritos que me impelen a abrir, a rendirme. Pero no van a cogerme, no van a obligarme a hablar, no van a saber cómo lo hice. Mis secretos están a buen recaudo donde otros como yo podrán hacer algo parecido, poniendo cargas de profundidad donde sea necesario. Quizás algún día consigamos liberarnos del yugo de esclavitud psicológica y dejemos de permitir que sean otros los que decidan como debemos vivir y como debemos amar.

Es cruelmente irónico que después de lo que he hecho, voy a morir solo, en ese trozo de acera de ahí abajo, dentro de unos segundos. Tengo miedo, pero  no hay otra salida. Por desgracia, esto no es Abre los Ojos, ya nunca los volveré a abrir. Han conseguido abrir la puerta, vienen hacia mi. Miro el vacío, y salto.



viernes, 7 de mayo de 2021

Crónicas marcianas

Cuando surgió la oportunidad de viajar a Marte, la verdad es que no me lo pensé, si bien era consciente de que nunca podría volver -el viaje de vuelta es extremadamente caro y está al alcance de muy pocos-. Siempre he sido una persona curiosa e inquieta, así que la posibilidad de experimentar cómo es la vida en otro planeta me resultó imposible de rechazar. 

No me vine solo, sino en compañía de Leónidas, mi gato. En contra de todos los pronósticos, no solo llegó sano y salvo -se le concedían pocas opciones de sobrevivir al estrés y las condiciones del viaje-, sino que se ha adaptado a la vida marciana con pasmosa naturalidad, demostrando que los humanos proyectamos en quienes nos rodean nuestras propias debilidades.

No niego que existen algunos inconvenientes, como el frío extremo, la microgravedad, las tormentas solares, la necesidad de usar trajes presurizados fuera de la ciudad burbuja, la comida - un tanto básica, pues la agricultura se encuentra todavía en un estado incipiente-, la relativa escasez de población, etc.

A pesar de ello, todos los que vivimos en el planeta rojo hemos construido aquí nuestro hogar, con o sin familia. Disponemos de nuestra propia vivienda -adquirida a un precio irrisorio para los estándares terrestres-, un vehículo todoterreno propulsado con hidrógeno y la comodidad de tener al alcance todo lo que podemos necesitar, sin necesidad de aventurarnos fuera de la seguridad que proporciona la ciudad burbuja –es algo que solemos reservar para las excursiones de fin de semana-.

Muchos de nosotros trabajamos para empresas ubicadas en la Tierra. Técnicamente no hay grandes dificultades, pues el correo electrónico solo demora unos pocos minutos en llegar y nuestros servidores se actualizan diariamente, así que podemos trabajar con casi total normalidad.

En mi caso, trabajo para la misma compañía en la que trabajaba cuando decidí venir a Marte. Cuando les comuniqué mi propuesta de seguir trabajando de forma remota, inicialmente se mostraron reticentes, pero en la actualidad están encantados, y no hay una sola reunión del consejo de administración en la que no se cite mi caso, y el de otros que han seguido mis pasos, como precursores de una nueva forma de entender las relaciones laborales, a todas luces más flexible y eficiente.

Pero lo cierto es que últimamente… estoy teniendo altibajos. La emoción por la novedad y la aventura se va disipando, y a veces me pregunto qué hago realmente aquí. Hay días en los que la grabación de la reunión de primera hora me sume en una cierta melancolía. Me imagino interviniendo, aportando mi punto de vista, quizás haciendo alguna broma…

Pienso que la relación entre compañeros, y en general las relaciones sociales, venían siendo cada vez más frías e impersonales, y que el hecho de que, al menos para mí, sea ya una situación irreversible, me ha hecho ser dolorosamente consciente de cómo nos afecta y en que nos convierte.

Creo que, de alguna manera, quería alejarme de la sensación de inanidad que me produce una sociedad, tan hiperconectada como deshumanizada, en la que el exceso de conectividad convierte a las personas en efímeros pasatiempos digitales. El error está en creer que es suficiente cambiar un lado de la ecuación, pero en cuanto al otro lado… por muy lejos que vayas, no puedes escapar de ti mismo, de tus necesidades y conflictos.

He llegado a fantasear con la idea de volver. Buscando otro trabajo, creando una pequeña empresa… pero es una quimera inalcanzable, necesitaría varias vidas para reunir la suma necesaria. 

Gracias Elon Musk por tenerlo tan bien pensado…

En fin, creo que me he dejado llevar por la ansiedad y los pensamientos obsesivos. He pasado una mala racha, de acuerdo, pero debo serenarme y ver las cosas con perspectiva.

Estoy aquí, cómodamente sentado, delante de mi ordenador, escuchando mi música. Apenas he necesitado levantarme media hora antes para ducharme y desayunar. Tengo comida en la nevera y recibo periódicas visitas de Leónidas. 

Sin lugar a dudas, soy un privilegiado…

jueves, 6 de mayo de 2021

La agonía del Quixotismo

Resulta chocante que citemos con tanta frecuencia y entusiasmo al Quijote -lo hayamos leído o no-, la obra cumbre de la literatura en lengua española.  Una lengua que, por cierto, tiene en el instituto Cervantes la principal institución dedicada a promover el uso del español y la difusión de la cultura hispánica y que, en honor a la verdad, tenemos completamente olvidada cuando se trata de ponerle nombre a cualquier cosa.

No es un rasgo distintivo de la empresa en la que trabajo, ni tampoco del sector tecnológico, el denostar a nuestra lengua, ni tampoco es algo que se circunscriba al terreno lingüístico. Es solo un síntoma más de ese complejo de inferioridad que tenemos tan arraigado en nuestro país, desde tiempos atávicos, y que nos lleva a abrazar lo extranjero, y en especial la lengua y la cultura anglosajona, en una pose que resulta aún más ridícula si tenemos en cuenta que somos uno de los países de Europa -si no del mundo- con un peor dominio del inglés.

Es imposible mirar a cualquier parte sin encontrar manifestaciones de nuestra sumisión y nuestra frágil autoestima, un terreno abonado que la industria, a través del marketing, sabe explotar a conciencia, con todo tipo de mensajes en los que el vocablo inglés, real o inventado, actúa como reclamo -tristemente eficaz- para nuestras ingenuas mentes, que inmediatamente lo asocian con algo más “guay”. Es el mismo marketing que después, hipócritamente, se vanagloria de crear y promover la “marca España”.

En el mundo en que vivimos, el mundo de la imagen y de las apariencias, sentirse inferior equivale a parecerlo y parecerlo prácticamente equivale a serlo.

Hemos llegado a un extremo tan delirante -y esto es algo que se exacerba en el ámbito empresarial-, que mantener una conversación empleando las palabras que en nuestra lengua designan los conceptos a los que queremos hacer alusión, sin salpicarla de jerigonza anglófona, es interpretado como un ejercicio de pedantería, excentricidad o esnobismo.

Si, para coger un poco de perspectiva, traspasamos nuestras fronteras, vemos que, por supuesto, no tenemos la exclusiva en esto de sentirnos inferiores, pero al mismo tiempo nos encontramos con otras realidades. Por proximidad geográfica y por filiación corporativa, tenemos el ejemplo de Francia. Los franceses, por término general, se sienten orgullosos de serlo, de su historia, de su cultura, de sus productos, de sus símbolos -bandera, himno, etc- y, por supuesto, de su lengua. Para el francés típico, lo francés es siempre lo mejor -no quiero decir con esto que el chauvinismo sea algo a imitar-.

Si volvemos a España y observamos que, por el hecho de enarbolar una bandera nacional -excepto que lo hagas para celebrar un éxito deportivo-, hay quienes te consideran un fascista -debido al perverso apoderamiento que de este símbolo identitario ha hecho la derecha más reaccionaria, y al victimismo, no menos perverso, teatralizado por los grupos independentistas- y pueden darte una paliza o asesinarte, constatamos de forma trágica el hecho de que un país que no cree en sí mismo -o que se avergüenza de sí mismo-, es un país a la deriva, destinado a ser colonizado y a perder sus señas de identidad. 

La lengua lo impregna todo, es nuestro vehículo de comunicación y expresión -también el más poderoso instrumento de manipulación que existe- y por lo tanto no hay ningún ámbito en el que no influya ni por el que no se vea influida. Ya sea en lo cultural, en lo social, en lo político, en lo económico, en lo psicológico… la forma en la que la lengua evoluciona refleja nuestra evolución como sociedad y como individuos. No es un asunto para tomarse a la ligera.

Ya Orwell vio claro, y lo plasmó en su obra 1984, que la mejor manera de alienar a los individuos que integran una sociedad, de impedir que piensen por sí mismos y quieran ser libres, es mutilar el lenguaje y reducirlo a una neolengua meramente utilitaria, casi un lenguaje de programación.

Si esto es así, y si además la lengua oficial -fiscalizada por la RAE-, se va adaptando al uso, o más bien al mal uso o desuso, que de ella hacemos -algo que inevitablemente acaba sucediendo, pues de lo contrario la brecha con la lengua “real” la haría irreconocible-, ¿qué quedará de ella? La respuesta es sencilla: nada, el español de hoy será una lengua muerta como el sánscrito o el arameo. En cuanto a nuestra identidad cultural, algo que va indisolublemente ligado a nuestra lengua y que otros pueblos han perdido tras defenderla a sangre y fuego, nosotros la habremos entregado sin oponer resistencia.

Quien no me conozca puede quizás hacerse una idea equivocada de mi persona. Ni soy especialmente afín a banderas ni credos, sean del signo que sean, ni siento ninguna aversión por otras culturas. Al contrario, me gusta el inglés y me gusta usarlo -no el español prostituido-, me gusta viajar y me gusta conocer otras culturas, lo que no me gusta es que me invadan.

Así que, compañero, la próxima vez que, por pereza, por querer parecer guay, por no desentonar, por seguir la corriente, por el motivo que sea, vuelvas a machear ficheros, a customizar tu aplicación, a setear variables, a consolidar tu know-how, a montar una call,  etc… recuerda que, de forma lenta pero inexorable, nos condenas a todos.



miércoles, 22 de julio de 2020

Estajanovismo en calzoncillos

Alekséi Grigórievich Stajánov fue un minero soviético, considerado héroe nacional por el régimen comunista, que pulverizó todas las marcas de extracción de carbón, llegando a extraer 227 toneladas en 6 horas. Su extraordinaria energía y capacidad de sacrificio le llevó a ser condecorado por el mismísimo Lenin y a ser diputado del Soviet Supremo.

De él toma su nombre el estajanovismo, un movimiento obrero que nació con el objetivo de aumentar la productividad -a mayor gloria de la madre patria- y que estaba basado en la competencia y la emulación entre los trabajadores. Para hacernos una idea, y aunque pronto se extendió a todas las áreas de la industria, apenas 6 meses después Nikita Izótov batió el registro de Stajánov con ¡607 toneladas! Se estima que el movimiento estajanovista, en 10 años, aumentó la productividad de la industria soviética en un 82%.

El pilar básico del estajanovismo consistía en la concepción del trabajo no como un medio de vida, sino como una gesta, y la aplicación de sus métodos tuvo, más allá del antes mencionado aumento de la productividad, consecuencias tales como:
  • Un considerable aumento del desempleo, ya que para hacer el mismo trabajo son necesarios menos obreros.
  • Reducción de salario y peores condiciones laborales, especialmente para los obreros “no estajanovistas”, es decir, aquellos que no desean o no son capaces de sostener el salvaje pulso y son acusados de holganza.
  • Aumento de la conflictividad laboral por razones, creo que tan obvias, que no es necesario ni mencionar.
Y recordemos que es un movimiento que surge de los propios trabajadores, movidos por un impulso patriótico y un deseo de afirmar su superioridad, su capacidad para vencer a los elementos.

Si damos un salto de unos 80 años, cambiamos de sistema político y nos trasladamos de las minas y de las fábricas a nuestras casas; todo lo anterior, ¿os recuerda algo?

Si nos paramos a pensar como vivíamos buena parte de nosotros en la era pre-covid, como trabajadores “ambulatorios”, y cómo vivimos ahora, como teletrabajadores domésticos, no creo equivocarme si afirmo que, de forma generalizada, la jornada laboral es mucho más larga e intensa, se han perdido o postergado derechos laborales y se ha producido una merma considerable en la calidad de vida.

Los conceptos de flexibilidad, conciliación, trabajo por objetivos, etc, repetidos como un mantra por los defensores del teletrabajo, han saltado por los aires y han demostrado su futilidad para una sociedad, la nuestra, totalmente inmadura para esta forma de trabajar y de vivir.

Nuestras ideas, profundamente equivocadas y dañinas, acerca de la profesionalidad y la responsabilidad en el trabajo -o dicho de otro modo, nuestra mentalidad estajanovista-, según las cuales el trabajador comprometido es aquel siempre disponible, que no tiene horarios y que vive, prácticamente, por y para el trabajo -lo que nos hace ser uno de los países de Europa con una productividad más baja, mayor índice de bajas laborales, mayor siniestralidad en el trabajo, etc-, un escenario de confinamiento -en sus diversas variantes- y una situación económica incierta pero nada halagüeña, constituyen un cóctel letal que nos lleva a asumir, de alguna manera -tanto individual como colectivamente-, que como privilegiados que al menos conservan su puesto de trabajo, hemos de dejarnos la vida -o renunciar a tener vida-, para sacar a flote nuestras empresas e instituciones. Viejas falacias para estos nuevos tiempos.

En cierto sentido, no hemos dejado las fábricas -léase centros de trabajo- para irnos a trabajar a casa, hemos dejado nuestras casas para irnos a vivir a las fábricas.

El paralelismo es bastante inquietante, cambiemos patria por empresa, carbón por entregables y barrenas por teclados y nos veremos convertidos en mineros. Mineros cavando, probablemente, nuestra propia tumba, quizás en sentido literal -la evolución del virus lo dirá-, quizás en sentido figurado, pero en cualquier caso la tumba para nuestras condiciones de trabajo. ¿O acaso somos tan ingenuos como para pensar que esta situación tiene vuelta atrás, que vamos a recuperar -si es que las teníamos- nuestras ocho horas, nuestros fines de semana, olvidarnos del móvil de empresa? Los derechos adquiridos mediante la reivindicación y la lucha se consiguen lentamente y con esfuerzo, pero son duraderos. Aquellos a los que se renuncia se pierden casi de inmediato, y probablemente para siempre.

Trabajar en modo estajanovista es algo bastante paradójico. Para un observador externo, la hiperactividad puede confundirse con un alto nivel de motivación, cuando en realidad estamos ante una persona agotada, en ocasiones angustiada, que ya no tiene recursos para combatir su ansiedad, situación que le lleva de retorno al trabajo, en una espiral sin fin que sólo la enfermedad, o un súbito destello de lucidez, pueden romper.

Es alguien en permanente contacto -virtual- con sus colaboradores pero, en el fondo, está cada vez más aislado. El estajanovista es, por definición, un competidor, y como tal, necesita competidores, necesita que los demás sigan su ritmo infernal. De lo contrario se siente abandonado, ultrajado, sus ideas acerca de la solidaridad y el compañerismo están completamente distorsionadas. Dicho crudamente, necesita que los demás sufran como el sufre.

La indignación y la culpa suelen coexistir, en enconada lucha. Indignación cuando la exigencia hacia nuestro trabajo excede lo humanamente posible -en proporción inversa a su reconocimiento-. Culpa cuando no somos capaces, ni con el más irracional y temerario esfuerzo, de acercarnos al objetivo fijado, siempre inalcanzable -que inmediatamente es sustituido por otro, en caso de que su carácter inalcanzable peligre-.

Para cambiar las cosas se necesita tiempo, tiempo para pensar, y tiempo es precisamente lo que no se tiene en el trabajo estajanovista. Los días y las noches se suceden sin solución de continuidad, en un permanente estado de confusión y aturdimiento, en una pendiente de degradación y deshumanización.

Camarada, allá donde estés recuerda que, hagas lo que hagas, mañana no estarás mejor que hoy, que la maquinaria te engullirá y te escupirá cuando ya no le seas útil, que de tu trabajo no quedará, literalmente, nada. Creo que para mí ya es tarde pero tú, quizás, aún puedas salvarte.

domingo, 19 de abril de 2020

Humano, demasiado humano.

Me resulta extremadamente cómodo fingir que no comprendo tu lenguaje. Por una parte, la altura de mi pensamiento está completamente fuera de tu alcance, dada la cortedad de tu intelecto. Por otra parte, mi especie carece de esa cualidad que vosotros llamáis empatía, por lo que tus cuitas no me conmueven, tan sólo me producen cierta curiosidad científica, que puedo satisfacer mediante la simple observación.

Sin embargo, dado que nuestra convivencia se ha intensificado en estas últimas semanas, puesto que pasas todo el tiempo metido en mi casa, me veo en la necesidad de hacer una serie de aclaraciones. En primer lugar, no seas tan arrogante y deja de jactarte de lo encantado que estoy, según tu, de que pasemos todo el día juntos, ¿acaso he dicho yo tal cosa?

No quiero ser injusto contigo, es verdad que siempre me has servido fielmente, que me proporcionas comida sabrosa y saludable, y que gracias a tu temperatura corporal he disfrutado de muchas siestas placenteras. Además has soportado mi, en ocasiones, airado e irascible carácter. Pero de ahí a que tu presencia me llene de gozo hay un trecho, así que por favor, no hables por mi. Y por cierto, no te molestes en comprar árboles de escalada y otros jueguecitos infantiles, pues no te vas a apoderar de mi sofá.

Tengo que deciros que me parece ingenuo y ridículo que os creáis héroes por esconderos bajo tierra como ratas de alcantarilla, y que me desagrada profundamente -aunque ya me voy acostumbrando- el barullo que armáis todas las tardes en los balcones.

En cuanto a tus constantes lloriqueos por no poder salir a la calle, en primer lugar quítate de la cabeza, si es que alguna vez lo has pensado, la idea de llevarme a la calle ensogado, como esos cuadrúpedos que pasean por ahí uncidos, especie gregaria y adocenada a la que detesto.
Así que ahórrate tus viles embustes, como los que usaste en el pasado para conducirme donde aquel psicópata, con sus terribles agujas y sus instrumentos de mutilación.

Soy lo bastante perspicaz para darme cuenta de que tu ansiedad no se debe únicamente a estar recluido entre cuatro paredes. En algún rincón de tu mente sabes que cuando esto acabe, se acabarán también todos los pretextos que esgrimes ante ti mismo para no poner en práctica todos esas ideas y proyectos tan buenos que afirmas tener. Te verás enfrentado de nuevo a tus miedos.

El confinamiento normaliza también la soledad, pues se impone de forma generalizada. Sin embargo, cuando esto acabe, vuestra soledad os resultará aún más opresiva, pues no podréis ponerle fecha de caducidad.

Tú ya viviste una experiencia más dura que esta, cuando tu vida pudo haber tocado a su fin, y por eso sabes que, pasado ese periodo de euforia en el que te maravillas de poder hacer las cosas más simples, siempre acaba retornando la insatisfacción vital, las frustraciones, los viejos fantasmas sumados a otros nuevos.

También sé que hay otra idea que ronda tu mente, aunque curiosamente te espanta menos que las anteriores, y es que lo que hemos vivido pueda ser sólo la punta del iceberg, el principio del fin.

Sé que vas a negar muchas de estas afirmaciones, pues la verdad muchas veces es incómoda. Pero si no querías oírlas, ¿a que tanto interpelarme? Soy un gato, ¡no un psicólogo clínico!

En fin, te disculpo porque sé que eres humano, y por lo tanto débil. Yo soy fuerte y valiente, así que yo cuidaré de ti, hasta el final.