El divagante y su sombra
domingo, 23 de noviembre de 2025
Bailad malditos
sábado, 1 de noviembre de 2025
Una caracola en la playa (cuento infantil)
En un remoto país vivía una bella princesa de piel satinada y ojos castaños. Era feliz contemplando hermosos paisajes, hablando con las criaturas del bosque y comiendo frutas de todos los colores que recogía de los árboles. Un día que estaba dando un paseo escuchó un sonido y se dirigió al lugar de donde provenía, donde encontró a un conejito blanco masticando una zanahoria con gran placer.
- Buenos días, señor conejo
- Buenos días, princesa
- ¿Cómo se encuentra usted?
- Muy bien, soy un conejo afortunado, siempre tengo comida y todo el mundo me trata con deferencia. Sin duda, este es un gran lugar para vivir.
- Me alegra mucho oírle decir eso, ¿le gustaría pasear conmigo?
- Por supuesto -contestó el conejo, enterrando el trozo de zanahoria que le quedaba para comérselo a la vuelta.
Recorrieron juntos los senderos, contaron cuántos animalitos se encontraban por el camino, observaron la forma de las nubes tratando de adivinar a qué se parecían, jugaron a rebotar piedrecitas sobre el agua de un riachuelo, rieron y cantaron, hasta que divisaron a una lechuza subida a la rama de un árbol que les miraba atentamente.
- Señora lechuza, ¿qué hace usted despierta a estas horas? -le preguntó la princesa.
- Sí, es verdad que suelo estar durmiendo durante el día, pero me he quedado despierta porque tengo algo importante que contarte.
- ¿A mí?
- Si, mi querida princesa, las hadas del bosque han querido concederte un regalo por la amabilidad y la bondad con la que nos tratas a todos.
- Oh, me siento muy emocionada, ¿en qué consiste ese regalo?
- Será el mejor regalo que recibirás en toda tu vida, pero para ello tendrás que hacer antes un pequeño sacrificio.
- ¿A qué os referís?
- Tendrás que viajar a un país muy lejano, donde hablan un idioma distinto al nuestro, el sol calienta como el fuego y hay mares azules e inmensos que la vista no es capaz de abarcar.
- ¿Y el regalo? -insistió la princesa.
- Solo cuando vivas allí podrás saber cuál es.
La princesa dudó, pues aunque sentía un gran respeto por las hadas, le daba pena separarse del bosque y de sus criaturas, con las que se sentía tan unida. Al fin dijo:
- De acuerdo, haré lo que me proponéis, pero, para no sentirme tan sola, querría pedirle al señor conejo que me acompañase.
- Será un honor para mí, princesa -contestó el bondadoso conejo, dispuesto así a cambiar su apacible vida por otra más incierta.
- ¿Y cómo podremos llegar hasta esas tierras si están tan lejos y además no sabemos el camino a seguir?
- No os preocupéis, nuestra águila gigante os llevará -sentenció la lechuza. Y en apenas un suspiro apareció un águila majestuosa de enormes alas, que les invitó a subir encima de ella.
- Subid por favor, yo os llevaré con mucho gusto.
Y así sobrevolaron montañas nevadas, verdes prados y lagos azules hasta llegar a su destino, donde comenzaron su nueva vida.
Pero pasaba el tiempo y ni la princesa ni el conejo entendían cuál podía ser el regalo del que habló la lechuza.
Un buen día en que paseaban por la playa -ya que a la princesa le fascinaba contemplar el mar- vieron una caracola de color azul marino sobre la arena.
- En verdad es la caracola más curiosa que he visto en mi vida -dijo el conejo.
- Si, y la más bonita, debemos llevarla a casa y cuidarla.
Eso hicieron, y ante el asombro de ambos, la caracola iba creciendo día a día. No sólo eso, sino que parecía palpitar, como si albergara vida en su interior.
Una noche, despertaron sobresaltados al oír unos extraños crujidos, ¡la caracola se estaba rompiendo! y ante sus atónitos ojos apareció una dulce princesita de ojos azules como el mar y cabellos dorados como el sol, que comenzó a hablarles.
- Llevaba mucho tiempo dentro de esa caracola, para poder salir necesitaba que alguien me cuidase y me diese su amor, como tú has hecho. Ahora haré de ti la persona más dichosa del mundo.
Enseguida comprendieron, tanto la princesa como el conejo, que este era el regalo que le había sido concedido, y no pudieron sino convenir en que no había mejor regalo posible, ya que desde ese momento vivieron los tres felices y en armonía.
La princesita reía, jugaba, se bañaba en el mar -pues este era su elemento natural- y escuchaba embelesada los cuentos que la princesa le leía con su voz llena de ternura, cuentos que hablaban de historias como la suya y que hacían volar su imaginación -y que a veces también la desvelaban-.
Así pasan los años, y cada día la princesa comprende mejor las palabras de la lechuza, que el tesoro con el que ha sido bendecida hace desvanecerse la distancia y el tiempo, y que estés donde estés, el único idioma importante es el del corazón, y éste es universal.
domingo, 26 de octubre de 2025
La Muerte de Eros
viernes, 7 de mayo de 2021
Crónicas marcianas
Cuando surgió la oportunidad de viajar a Marte, la verdad es que no me lo pensé, si bien era consciente de que nunca podría volver -el viaje de vuelta es extremadamente caro y está al alcance de muy pocos-. Siempre he sido una persona curiosa e inquieta, así que la posibilidad de experimentar cómo es la vida en otro planeta me resultó imposible de rechazar.
No me vine solo, sino en compañía de Leónidas, mi gato. En contra de todos los pronósticos, no solo llegó sano y salvo -se le concedían pocas opciones de sobrevivir al estrés y las condiciones del viaje-, sino que se ha adaptado a la vida marciana con pasmosa naturalidad, demostrando que los humanos proyectamos en quienes nos rodean nuestras propias debilidades.
No niego que existen algunos inconvenientes, como el frío extremo, la microgravedad, las tormentas solares, la necesidad de usar trajes presurizados fuera de la ciudad burbuja, la comida - un tanto básica, pues la agricultura se encuentra todavía en un estado incipiente-, la relativa escasez de población, etc.
A pesar de ello, todos los que vivimos en el planeta rojo hemos construido aquí nuestro hogar, con o sin familia. Disponemos de nuestra propia vivienda -adquirida a un precio irrisorio para los estándares terrestres-, un vehículo todoterreno propulsado con hidrógeno y la comodidad de tener al alcance todo lo que podemos necesitar, sin necesidad de aventurarnos fuera de la seguridad que proporciona la ciudad burbuja –es algo que solemos reservar para las excursiones de fin de semana-.
Muchos de nosotros trabajamos para empresas ubicadas en la Tierra. Técnicamente no hay grandes dificultades, pues el correo electrónico solo demora unos pocos minutos en llegar y nuestros servidores se actualizan diariamente, así que podemos trabajar con casi total normalidad.
En mi caso, trabajo para la misma compañía en la que trabajaba cuando decidí venir a Marte. Cuando les comuniqué mi propuesta de seguir trabajando de forma remota, inicialmente se mostraron reticentes, pero en la actualidad están encantados, y no hay una sola reunión del consejo de administración en la que no se cite mi caso, y el de otros que han seguido mis pasos, como precursores de una nueva forma de entender las relaciones laborales, a todas luces más flexible y eficiente.
Pero lo cierto es que últimamente… estoy teniendo altibajos. La emoción por la novedad y la aventura se va disipando, y a veces me pregunto qué hago realmente aquí. Hay días en los que la grabación de la reunión de primera hora me sume en una cierta melancolía. Me imagino interviniendo, aportando mi punto de vista, quizás haciendo alguna broma…
Pienso que la relación entre compañeros, y en general las relaciones sociales, venían siendo cada vez más frías e impersonales, y que el hecho de que, al menos para mí, sea ya una situación irreversible, me ha hecho ser dolorosamente consciente de cómo nos afecta y en que nos convierte.
Creo que, de alguna manera, quería alejarme de la sensación de inanidad que me produce una sociedad, tan hiperconectada como deshumanizada, en la que el exceso de conectividad convierte a las personas en efímeros pasatiempos digitales. El error está en creer que es suficiente cambiar un lado de la ecuación, pero en cuanto al otro lado… por muy lejos que vayas, no puedes escapar de ti mismo, de tus necesidades y conflictos.
He llegado a fantasear con la idea de volver. Buscando otro trabajo, creando una pequeña empresa… pero es una quimera inalcanzable, necesitaría varias vidas para reunir la suma necesaria.
Gracias Elon Musk por tenerlo tan bien pensado…
En fin, creo que me he dejado llevar por la ansiedad y los pensamientos obsesivos. He pasado una mala racha, de acuerdo, pero debo serenarme y ver las cosas con perspectiva.
Estoy aquí, cómodamente sentado, delante de mi ordenador, escuchando mi música. Apenas he necesitado levantarme media hora antes para ducharme y desayunar. Tengo comida en la nevera y recibo periódicas visitas de Leónidas.
Sin lugar a dudas, soy un privilegiado…
jueves, 6 de mayo de 2021
La agonía del Quixotismo
Resulta chocante que citemos con tanta frecuencia y entusiasmo al Quijote -lo hayamos leído o no-, la obra cumbre de la literatura en lengua española. Una lengua que, por cierto, tiene en el instituto Cervantes la principal institución dedicada a promover el uso del español y la difusión de la cultura hispánica y que, en honor a la verdad, tenemos completamente olvidada cuando se trata de ponerle nombre a cualquier cosa.
No es un rasgo distintivo de la empresa en la que trabajo, ni tampoco del sector tecnológico, el denostar a nuestra lengua, ni tampoco es algo que se circunscriba al terreno lingüístico. Es solo un síntoma más de ese complejo de inferioridad que tenemos tan arraigado en nuestro país, desde tiempos atávicos, y que nos lleva a abrazar lo extranjero, y en especial la lengua y la cultura anglosajona, en una pose que resulta aún más ridícula si tenemos en cuenta que somos uno de los países de Europa -si no del mundo- con un peor dominio del inglés.
Es imposible mirar a cualquier parte sin encontrar manifestaciones de nuestra sumisión y nuestra frágil autoestima, un terreno abonado que la industria, a través del marketing, sabe explotar a conciencia, con todo tipo de mensajes en los que el vocablo inglés, real o inventado, actúa como reclamo -tristemente eficaz- para nuestras ingenuas mentes, que inmediatamente lo asocian con algo más “guay”. Es el mismo marketing que después, hipócritamente, se vanagloria de crear y promover la “marca España”.
En el mundo en que vivimos, el mundo de la imagen y de las apariencias, sentirse inferior equivale a parecerlo y parecerlo prácticamente equivale a serlo.
Hemos llegado a un extremo tan delirante -y esto es algo que se exacerba en el ámbito empresarial-, que mantener una conversación empleando las palabras que en nuestra lengua designan los conceptos a los que queremos hacer alusión, sin salpicarla de jerigonza anglófona, es interpretado como un ejercicio de pedantería, excentricidad o esnobismo.
Si, para coger un poco de perspectiva, traspasamos nuestras fronteras, vemos que, por supuesto, no tenemos la exclusiva en esto de sentirnos inferiores, pero al mismo tiempo nos encontramos con otras realidades. Por proximidad geográfica y por filiación corporativa, tenemos el ejemplo de Francia. Los franceses, por término general, se sienten orgullosos de serlo, de su historia, de su cultura, de sus productos, de sus símbolos -bandera, himno, etc- y, por supuesto, de su lengua. Para el francés típico, lo francés es siempre lo mejor -no quiero decir con esto que el chauvinismo sea algo a imitar-.
Si volvemos a España y observamos que, por el hecho de enarbolar una bandera nacional -excepto que lo hagas para celebrar un éxito deportivo-, hay quienes te consideran un fascista -debido al perverso apoderamiento que de este símbolo identitario ha hecho la derecha más reaccionaria, y al victimismo, no menos perverso, teatralizado por los grupos independentistas- y pueden darte una paliza o asesinarte, constatamos de forma trágica el hecho de que un país que no cree en sí mismo -o que se avergüenza de sí mismo-, es un país a la deriva, destinado a ser colonizado y a perder sus señas de identidad.
La lengua lo impregna todo, es nuestro vehículo de comunicación y expresión -también el más poderoso instrumento de manipulación que existe- y por lo tanto no hay ningún ámbito en el que no influya ni por el que no se vea influida. Ya sea en lo cultural, en lo social, en lo político, en lo económico, en lo psicológico… la forma en la que la lengua evoluciona refleja nuestra evolución como sociedad y como individuos. No es un asunto para tomarse a la ligera.
Ya Orwell vio claro, y lo plasmó en su obra 1984, que la mejor manera de alienar a los individuos que integran una sociedad, de impedir que piensen por sí mismos y quieran ser libres, es mutilar el lenguaje y reducirlo a una neolengua meramente utilitaria, casi un lenguaje de programación.
Si esto es así, y si además la lengua oficial -fiscalizada por la RAE-, se va adaptando al uso, o más bien al mal uso o desuso, que de ella hacemos -algo que inevitablemente acaba sucediendo, pues de lo contrario la brecha con la lengua “real” la haría irreconocible-, ¿qué quedará de ella? La respuesta es sencilla: nada, el español de hoy será una lengua muerta como el sánscrito o el arameo. En cuanto a nuestra identidad cultural, algo que va indisolublemente ligado a nuestra lengua y que otros pueblos han perdido tras defenderla a sangre y fuego, nosotros la habremos entregado sin oponer resistencia.
Quien no me conozca puede quizás hacerse una idea equivocada de mi persona. Ni soy especialmente afín a banderas ni credos, sean del signo que sean, ni siento ninguna aversión por otras culturas. Al contrario, me gusta el inglés y me gusta usarlo -no el español prostituido-, me gusta viajar y me gusta conocer otras culturas, lo que no me gusta es que me invadan.
Así que, compañero, la próxima vez que, por pereza, por querer parecer guay, por no desentonar, por seguir la corriente, por el motivo que sea, vuelvas a machear ficheros, a customizar tu aplicación, a setear variables, a consolidar tu know-how, a montar una call, etc… recuerda que, de forma lenta pero inexorable, nos condenas a todos.
miércoles, 22 de julio de 2020
Estajanovismo en calzoncillos
De él toma su nombre el estajanovismo, un movimiento obrero que nació con el objetivo de aumentar la productividad -a mayor gloria de la madre patria- y que estaba basado en la competencia y la emulación entre los trabajadores. Para hacernos una idea, y aunque pronto se extendió a todas las áreas de la industria, apenas 6 meses después Nikita Izótov batió el registro de Stajánov con ¡607 toneladas! Se estima que el movimiento estajanovista, en 10 años, aumentó la productividad de la industria soviética en un 82%.
El pilar básico del estajanovismo consistía en la concepción del trabajo no como un medio de vida, sino como una gesta, y la aplicación de sus métodos tuvo, más allá del antes mencionado aumento de la productividad, consecuencias tales como:
- Un considerable aumento del desempleo, ya que para hacer el mismo trabajo son necesarios menos obreros.
- Reducción de salario y peores condiciones laborales, especialmente para los obreros “no estajanovistas”, es decir, aquellos que no desean o no son capaces de sostener el salvaje pulso y son acusados de holganza.
- Aumento de la conflictividad laboral por razones, creo que tan obvias, que no es necesario ni mencionar.
Si damos un salto de unos 80 años, cambiamos de sistema político y nos trasladamos de las minas y de las fábricas a nuestras casas; todo lo anterior, ¿os recuerda algo?
Si nos paramos a pensar como vivíamos buena parte de nosotros en la era pre-covid, como trabajadores “ambulatorios”, y cómo vivimos ahora, como teletrabajadores domésticos, no creo equivocarme si afirmo que, de forma generalizada, la jornada laboral es mucho más larga e intensa, se han perdido o postergado derechos laborales y se ha producido una merma considerable en la calidad de vida.
Los conceptos de flexibilidad, conciliación, trabajo por objetivos, etc, repetidos como un mantra por los defensores del teletrabajo, han saltado por los aires y han demostrado su futilidad para una sociedad, la nuestra, totalmente inmadura para esta forma de trabajar y de vivir.
Nuestras ideas, profundamente equivocadas y dañinas, acerca de la profesionalidad y la responsabilidad en el trabajo -o dicho de otro modo, nuestra mentalidad estajanovista-, según las cuales el trabajador comprometido es aquel siempre disponible, que no tiene horarios y que vive, prácticamente, por y para el trabajo -lo que nos hace ser uno de los países de Europa con una productividad más baja, mayor índice de bajas laborales, mayor siniestralidad en el trabajo, etc-, un escenario de confinamiento -en sus diversas variantes- y una situación económica incierta pero nada halagüeña, constituyen un cóctel letal que nos lleva a asumir, de alguna manera -tanto individual como colectivamente-, que como privilegiados que al menos conservan su puesto de trabajo, hemos de dejarnos la vida -o renunciar a tener vida-, para sacar a flote nuestras empresas e instituciones. Viejas falacias para estos nuevos tiempos.
En cierto sentido, no hemos dejado las fábricas -léase centros de trabajo- para irnos a trabajar a casa, hemos dejado nuestras casas para irnos a vivir a las fábricas.
El paralelismo es bastante inquietante, cambiemos patria por empresa, carbón por entregables y barrenas por teclados y nos veremos convertidos en mineros. Mineros cavando, probablemente, nuestra propia tumba, quizás en sentido literal -la evolución del virus lo dirá-, quizás en sentido figurado, pero en cualquier caso la tumba para nuestras condiciones de trabajo. ¿O acaso somos tan ingenuos como para pensar que esta situación tiene vuelta atrás, que vamos a recuperar -si es que las teníamos- nuestras ocho horas, nuestros fines de semana, olvidarnos del móvil de empresa? Los derechos adquiridos mediante la reivindicación y la lucha se consiguen lentamente y con esfuerzo, pero son duraderos. Aquellos a los que se renuncia se pierden casi de inmediato, y probablemente para siempre.
Trabajar en modo estajanovista es algo bastante paradójico. Para un observador externo, la hiperactividad puede confundirse con un alto nivel de motivación, cuando en realidad estamos ante una persona agotada, en ocasiones angustiada, que ya no tiene recursos para combatir su ansiedad, situación que le lleva de retorno al trabajo, en una espiral sin fin que sólo la enfermedad, o un súbito destello de lucidez, pueden romper.
Es alguien en permanente contacto -virtual- con sus colaboradores pero, en el fondo, está cada vez más aislado. El estajanovista es, por definición, un competidor, y como tal, necesita competidores, necesita que los demás sigan su ritmo infernal. De lo contrario se siente abandonado, ultrajado, sus ideas acerca de la solidaridad y el compañerismo están completamente distorsionadas. Dicho crudamente, necesita que los demás sufran como el sufre.
La indignación y la culpa suelen coexistir, en enconada lucha. Indignación cuando la exigencia hacia nuestro trabajo excede lo humanamente posible -en proporción inversa a su reconocimiento-. Culpa cuando no somos capaces, ni con el más irracional y temerario esfuerzo, de acercarnos al objetivo fijado, siempre inalcanzable -que inmediatamente es sustituido por otro, en caso de que su carácter inalcanzable peligre-.
Para cambiar las cosas se necesita tiempo, tiempo para pensar, y tiempo es precisamente lo que no se tiene en el trabajo estajanovista. Los días y las noches se suceden sin solución de continuidad, en un permanente estado de confusión y aturdimiento, en una pendiente de degradación y deshumanización.
Camarada, allá donde estés recuerda que, hagas lo que hagas, mañana no estarás mejor que hoy, que la maquinaria te engullirá y te escupirá cuando ya no le seas útil, que de tu trabajo no quedará, literalmente, nada. Creo que para mí ya es tarde pero tú, quizás, aún puedas salvarte.
domingo, 19 de abril de 2020
Humano, demasiado humano.
Sin embargo, dado que nuestra convivencia se ha intensificado en estas últimas semanas, puesto que pasas todo el tiempo metido en mi casa, me veo en la necesidad de hacer una serie de aclaraciones. En primer lugar, no seas tan arrogante y deja de jactarte de lo encantado que estoy, según tu, de que pasemos todo el día juntos, ¿acaso he dicho yo tal cosa?
Así que ahórrate tus viles embustes, como los que usaste en el pasado para conducirme donde aquel psicópata, con sus terribles agujas y sus instrumentos de mutilación.