Me he preguntado muchas veces si a Patrick Süskind se le habría ocurrido escribir El Perfume en una época como esta en la que vivimos, en la que las personas prácticamente ignoramos la existencia del resto, aislados de cualquier estímulo externo y ensimismados en nuestros dispositivos digitales, la droga moderna con la que intentamos combatir la profunda desazón interior y el vacío existencial al que nuestra sociedad contemporánea nos conduce, por un camino que solemos recorrer con docilidad, si no con ceguera. Por supuesto, como cualquier droga, no solo no nos libera de nuestro mal, sino que lo acrecienta y lo cronifica
Jean Baptiste Grenouille obtiene su singular perfume mediante un macabro procedimiento que implica la muerte de bellas e inocentes jóvenes. En la culminación de su proyecto para obtener la esencia más única jamás soñada, el producto final posee un efecto extremadamente poderoso e irresistible que conduce al impactante desenlace final. Quienes perciben tan extraordinaria fragancia son incapaces de controlar el impulso de atracción erótica hacia quien la porta, incluido el propio Grenouille, lo que causa su perdición.
Si no habéis leído la novela, siento habérosla destripado, pero a fin de cuentas habéis tenido cuarenta años para leerla, o desde que nacisteis si sois mas jóvenes.
Mi pregunta en definitiva consistía en si para el humano de hoy en día, cuyos sentidos están anestesiados por la artificialidad que nos rodea, donde casi todo es un sucedáneo de lo que se supone que debería ser, y que se encuentra tremendamente distanciado de sus congéneres, tanto en el plano emocional como en el físico, por la hiperconexión digital y la censura woke -entre otros factores- sería necesario algo diferente que actuase como revulsivo para su adormecida sensibilidad y su periclitante y reprimida sensualidad.
Para entender lo que hice y por qué lo hice, hay que situar la reflexión anterior en el marco de lo que yo llamo "La Sociedad de la Infelicidad" -que en mi opinión define bastante bien a la sociedad actual-, y en uno de los factores que creo que más han contribuido a consolidarla en las últimas décadas, y que no es otro que su indisoluble relación con la economía. La infelicidad globalizada y persistente se ha convertido en una condición necesaria para la buena marcha de muchos sectores económicos, por no decir todos, ya que de una forma u otra todos se ven afectados por el mayor o menor consumo de bienes y servicios.
Si tú, lector, piensas que mi visión tiene un sesgo de excesivo pesimismo, debo confrontarte con los hechos. Creo que nunca ha existido un momento de la Historia en el que la percepción externa del nivel de felicidad de la población tenga una discordancia tan abrumadora con la información objetiva.
Si desde todos los medios se nos exhorta a una búsqueda urgentísima y desquiciante de la felicidad como bien supremo -muchas veces mediante ingenuos e irritantes aforismos-, y desde las redes sociales se hace una ostentación obscena de la extrema felicidad de la que se disfruta, mediante fotos y declaraciones que desbordan alegría y plenitud vital, entre bambalinas nos encontramos con que los problemas relacionados con el bienestar emocional nunca han sido tan graves y generalizados.
El porcentaje de pacientes en tratamiento por ansiedad y/o depresión, ya sea psicológico, farmacológico o ambos, es altísimo y no deja de crecer -sería mucho mayor si contásemos a todos los que no son tratados, pero sufren alguna de estas condiciones-. No solo los profesionales de la Sanidad Pública están desbordados, sino que en la Sanidad Privada el tiempo para obtener una cita es ahora bastante mayor en muchos casos. Las farmacéuticas no paran de invertir en nuevos fármacos que cubran todo el espectro de trastornos -con sus particularidades y ramificaciones- y de sujetos, ya que existen casos que no responden a la farmacopea existente, como si la psique hubiese desarrollado una resistencia similar a la que se produce a veces con algunos antibióticos. Las muertes por suicidio superan con mucho a las de la delincuencia y las guerras juntas, o dicho de otro modo, la principal amenaza para tu vida eres tu mismo. Aunque no aporto cifras exactas ni sus fuentes, todo esto es público y notorio, por lo que al lector interesado le será fácil corroborarlo.
En esta tesitura, resulta natural plantearse cual es la causa de que, en la era de los derechos sociales, de la medicina moderna, de la tecnología, de internet y la inteligencia artificial, etc, parece que vivamos, bajo cierto punto de vista, peor que en la Edad Media. Aunque hoy en día impera el reduccionismo y las explicaciones simplistas, para ser honestos se trata de un fenómeno multifactorial al que me habría gustado dedicar un escrito aparte, aunque por desgracia esto ya no será posible. No obstante, me voy a centrar en lo que he denominado "La Sociedad de la Infelicidad", y en sus dos manifestaciones principales, "La Sociedad de la Insatisfacción" y "La Sociedad del Estrés".
Paradójicamente, tanto la industria como toda esa caterva de modernos chamanes del alma humana autodenominados expertos en desarrollo o crecimiento personal -y otros nombres igual de ridículos-, con sus lemas de filosofía de todo a cien y sus ínfulas de nuevos mesías, junto con su cohorte de proselitistas acólitos sin sueldo, formada por sus seguidores y otros influencers adeptos -que resultarían risibles si no fuese por el daño que ocasionan-, han convertido a la insatisfacción no en un problema y una carencia, sino en un privilegio y una conquista.
A fuerza de machacarnos el cerebro con mantras como: "sal de tu zona confort", "se tu mejor versión cada día", "eres el dueño de tu destino", "puedes ser todo aquello con lo que sueñas si te esfuerzas lo suficiente", etc, y que en el ámbito empresarial tienen nombres aparentemente más inocuos como Mejora Continua, nos han convencido de que sentirse cómodo y satisfecho con lo que uno es y lo que uno hace es un signo de debilidad de carácter, indolencia, falta de ambición o, simplemente, de que todavía vives en la ignorancia de cual es el verdadero camino hacia la realización y felicidad plenas.
Y así, para no apoltronarte y no dejar ningún cabo suelto, te ves impelido a trabajar catorce horas diarias, a hacer extrañas y peligrosas dietas, a correr o levantar pesas hasta la extenuación, a memorizar palabros de filosofías hinduístas que se supone has de poner en práctica...y por supuesto, a tener cada vez más estrés y frustración, ya que, por construcción, sea cual sea el estadio en el que te encuentres, siempre estarás al principio del camino, la verdadera transformación siempre estará por llegar.
Obviamente, el proceso de soltar lastre no se limita únicamente a los hábitos de vida, sino que se extiende poderosamente a todas las esferas de la existencia, y en especial a una que resulta clave en todo nuestro razonamiento, como es el consumo. La publicidad salvaje y diabólicamente orquestada y la obsolescencia programada hacen que cualquier cosa que poseas se revele ya anticuada e inservible casi en el mismo momento de comprarla. Descubres que te resulta imposible vivir sin cosas que no sabías ni que existían. El proceso de compra se convierte en un lenitivo momentáneo para la ansiedad, pero en realidad lo único que hace es potenciarla, ya que antes de que el envío llegue a tu domicilio tienes el carrito de la compra lleno con cosas que son irrenunciables. Llega un momento en el que el producto en si es prácticamente irrelevante y lo que se necesita es que el circuito estímulo-recompensa se repita continuamente para que tenga lugar la liberación de la dopamina. Se produce así, en mayor o menor o medida, el círculo vicioso que caracteriza a todas las adicciones.
No es sorprendente que la cultura de la inmediatez y del usar y tirar haya llegado también al ámbito de las relaciones sociales, y en particular al de las relaciones románticas. El mensaje que la industria -a quien también hemos delegado este aspecto de nuestra vida a través de las aplicaciones de citas- nos transmite es el mismo que utiliza para los productos de consumo. Puesto que tú eres único y especial, no puedes conformarte con nadie que no sea "lo mejor" en todos los aspectos. Y si crees que lo has encontrado, te voy a enseñar a detectar cuales son las señales de que con el tiempo esa persona no será digna de ti, por lo que tendrás que mantenerte en permanente alerta. De esta forma, la elevación y ambigüedad de las expectativas, junto al gigantesco número de opciones a elegir, al menos a priori, hacen que la rueda no deje de girar, que las relaciones no se lleguen a concretar o duren poco, que es justamente lo que conviene a estas empresas. ¿O acaso somos tan ingenuos como para pensar que, desde que hemos entregado el control de nuestra afectividad al capital, el objetivo de este es que seamos felices y dejemos de necesitarles?
A estas alturas, supongo que ya habéis atado cabos, y habéis visualizado el escenario que se nos presenta, el de una persona aturdida por el exceso de información, muchas veces contradictoria y de escasa fiabilidad. Una persona que cree, porque se lo han repetido hasta la saciedad, que está desperdiciando su vida y que tiene que afrontar un cambio urgente, aunque no sabe exactamente hacia donde debe ir ni cómo. Una persona frustrada y ansiosa, que trabaja hasta el agotamiento y que consume todo aquello que cree que puede elevarle, hacerle salir de su agostamiento, o simplemente hacerle sentir un poco mejor. Una persona que prueba y descarta, en una permanente búsqueda de algo que no existe, que no es más que una falacia creada para convertirle -y he aquí la clave- en una máquina de producir y consumir.
Y a todo esto se suma el hecho quizás más devastador, y es que todo este desasosiego debe afrontarse, en muchos casos, con escaso apoyo, o incluso en la más absoluta soledad. Una soledad que se ve favorecida por la competitividad, la incomprensión y una sociedad digital en la que se trabaja y se socializa a distancia, en la que se ha perdido el contacto humano y las relaciones son cada vez más superficiales, una sociedad en la que los likes se han convertido en el burdo sucedáneo del afecto y la amistad se mide en followers y otras absurdas etiquetas.
Nos hemos olvidado de que somos entes mortales, frágiles e insignificantes, y que nuestro breve paso por la vida no tiene como objetivo ser un modelo de perfección fijado por unos pocos de forma que sirva a sus intereses. Que el vértigo que nos sobrecoge al vernos enfrentados a nuestra finitud y a la aparente falta de sentido de nuestra existencia debería llevarnos a buscar la paz interior, y convertir esta en el centro de nuestro yo.
Y esta paz no puede alcanzarse, sino todo lo contrario, mediante una permanente renovación de los estímulos y los anhelos, mediante una estéril búsqueda del más difícil todavía. La única -y relativa- paz y plenitud que podemos alcanzar es la que nos proporciona una verdadera conexión con otras personas y con la naturaleza misma, una conexión basada en la compasión y en la aceptación, en la atención y la dedicación mutua, que nos permita recorrer de la mano este camino sinuoso y desprovisto de certezas que es la vida. Y puesto que parece que todo está en contra, por los motivos ya mencionados, para que las personas vuelvan a conectar unas con otras, se impone la lucha. En todas las luchas se necesitan héroes -y a veces mártires- y aquí es donde entro yo en escena.
He pasado buena parte de mi vida desarrollando habilidades informáticas, y muy especialmente aquellas que me permiten infiltrarme en sistemas ajenos fuertemente protegidos, es decir, soy un hacker -por cierto bastante bien considerado dentro de este mundillo subterráneo-. Siempre me ha gustado moverme en el filo de la navaja y hasta ahora había salido indemne de todas mis incursiones en sistemas corporativos y gubernamentales, aunque todo esto era un juego de niños comparado con lo que he hecho ahora.
No me voy a extender demasiado con los detalles, ya que no dispongo de mucho tiempo, pero el caso es que he fabricado mi propio perfume, uno capaz de dinamitar desde dentro del sistema el férreo control sobre nuestros verdaderos instintos primarios, sobre nuestra curiosidad y nuestra voluntad de vivir, de desatar la pasión que se esconde en nuestros corazones y que permanece encorsetada y constreñida para asegurar que El Negocio de la Infelicidad continúe prosperando.
He conseguido infiltrarme en las principales aplicaciones de citas, y he creado miles de perfiles falsos mediante inteligencia artificial. Estos perfiles han sido entrenados para estudiar todos los datos y todas las conversaciones de los usuarios reales y convertirse en los interlocutores perfectos, no tanto para convertirse en objetos de deseo, sino para convencer al usuario real de que tiene todas las cualidades necesarias para ser respetado, admirado y deseado, infundiéndole una confianza de la que hasta ahora carecía e instándole a mirar a los demás con los ojos de la transparencia, sin filtros ni disimulos.
El resultado ha sido incluso mas rápido y potente de lo que yo podía esperar. La gente ha salido a la calle con otro aire, sin el característico rictus de sufrimiento, sin la premura por ir a ninguna parte, mirando a los demás con curiosidad, sin temor, y sin ocultar la atracción y el deseo cuando este se produce. Esto ha desembocado en una oleada de lubricidad sin precedentes, aquellas personas que tímidamente se intercambiaban un like, un saludo, alguna conversación inconclusa y desnortada, ahora retozan incansablemente y desoyen cualquier ruido digital en derredor.
Podría decirse que no solo he reprogramado páginas web, he reprogramado sus mentes. He jugado a ser Dios y eso, claro está, se paga caro. Como era de esperar, el poder económico no se iba a quedar de brazos cruzados. En apenas tres días las ventas se han desplomado, las redes sociales están poco menos que desiertas, la gente cumple sus horarios de trabajo sin excesos estajanovistas. Prácticamente todas las compañías importantes, si exceptuamos a los fabricantes de preservativos, han experimentado pérdidas millonarias. Es simplemente algo que no se pueden permitir, y puesto que no han conseguido remediarlo por sus propios medios, han puesto todo su empeño en encontrarme.
Oigo ya los golpes en la puerta y los gritos que me impelen a abrir, a rendirme. Pero no van a cogerme, no van a obligarme a hablar, no van a saber cómo lo hice. Mis secretos están a buen recaudo donde otros como yo podrán hacer algo parecido, poniendo cargas de profundidad donde sea necesario. Quizás algún día consigamos liberarnos del yugo de esclavitud psicológica y dejemos de permitir que sean otros los que decidan como debemos vivir y como debemos amar.
Es cruelmente irónico que después de lo que he hecho, voy a morir solo, en ese trozo de acera de ahí abajo, dentro de unos segundos. Tengo miedo, pero no hay otra salida. Por desgracia, esto no es Abre los Ojos, ya nunca los volveré a abrir. Han conseguido abrir la puerta, vienen hacia mi. Miro el vacío, y salto.
Grande
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