viernes, 7 de mayo de 2021

Crónicas marcianas

Cuando surgió la oportunidad de viajar a Marte, la verdad es que no me lo pensé, si bien era consciente de que nunca podría volver -el viaje de vuelta es extremadamente caro y está al alcance de muy pocos-. Siempre he sido una persona curiosa e inquieta, así que la posibilidad de experimentar cómo es la vida en otro planeta me resultó imposible de rechazar. 

No me vine solo, sino en compañía de Leónidas, mi gato. En contra de todos los pronósticos, no solo llegó sano y salvo -se le concedían pocas opciones de sobrevivir al estrés y las condiciones del viaje-, sino que se ha adaptado a la vida marciana con pasmosa naturalidad, demostrando que los humanos proyectamos en quienes nos rodean nuestras propias debilidades.

No niego que existen algunos inconvenientes, como el frío extremo, la microgravedad, las tormentas solares, la necesidad de usar trajes presurizados fuera de la ciudad burbuja, la comida - un tanto básica, pues la agricultura se encuentra todavía en un estado incipiente-, la relativa escasez de población, etc.

A pesar de ello, todos los que vivimos en el planeta rojo hemos construido aquí nuestro hogar, con o sin familia. Disponemos de nuestra propia vivienda -adquirida a un precio irrisorio para los estándares terrestres-, un vehículo todoterreno propulsado con hidrógeno y la comodidad de tener al alcance todo lo que podemos necesitar, sin necesidad de aventurarnos fuera de la seguridad que proporciona la ciudad burbuja –es algo que solemos reservar para las excursiones de fin de semana-.

Muchos de nosotros trabajamos para empresas ubicadas en la Tierra. Técnicamente no hay grandes dificultades, pues el correo electrónico solo demora unos pocos minutos en llegar y nuestros servidores se actualizan diariamente, así que podemos trabajar con casi total normalidad.

En mi caso, trabajo para la misma compañía en la que trabajaba cuando decidí venir a Marte. Cuando les comuniqué mi propuesta de seguir trabajando de forma remota, inicialmente se mostraron reticentes, pero en la actualidad están encantados, y no hay una sola reunión del consejo de administración en la que no se cite mi caso, y el de otros que han seguido mis pasos, como precursores de una nueva forma de entender las relaciones laborales, a todas luces más flexible y eficiente.

Pero lo cierto es que últimamente… estoy teniendo altibajos. La emoción por la novedad y la aventura se va disipando, y a veces me pregunto qué hago realmente aquí. Hay días en los que la grabación de la reunión de primera hora me sume en una cierta melancolía. Me imagino interviniendo, aportando mi punto de vista, quizás haciendo alguna broma…

Pienso que la relación entre compañeros, y en general las relaciones sociales, venían siendo cada vez más frías e impersonales, y que el hecho de que, al menos para mí, sea ya una situación irreversible, me ha hecho ser dolorosamente consciente de cómo nos afecta y en que nos convierte.

Creo que, de alguna manera, quería alejarme de la sensación de inanidad que me produce una sociedad, tan hiperconectada como deshumanizada, en la que el exceso de conectividad convierte a las personas en efímeros pasatiempos digitales. El error está en creer que es suficiente cambiar un lado de la ecuación, pero en cuanto al otro lado… por muy lejos que vayas, no puedes escapar de ti mismo, de tus necesidades y conflictos.

He llegado a fantasear con la idea de volver. Buscando otro trabajo, creando una pequeña empresa… pero es una quimera inalcanzable, necesitaría varias vidas para reunir la suma necesaria. 

Gracias Elon Musk por tenerlo tan bien pensado…

En fin, creo que me he dejado llevar por la ansiedad y los pensamientos obsesivos. He pasado una mala racha, de acuerdo, pero debo serenarme y ver las cosas con perspectiva.

Estoy aquí, cómodamente sentado, delante de mi ordenador, escuchando mi música. Apenas he necesitado levantarme media hora antes para ducharme y desayunar. Tengo comida en la nevera y recibo periódicas visitas de Leónidas. 

Sin lugar a dudas, soy un privilegiado…

jueves, 6 de mayo de 2021

La agonía del Quixotismo

Resulta chocante que citemos con tanta frecuencia y entusiasmo al Quijote -lo hayamos leído o no-, la obra cumbre de la literatura en lengua española.  Una lengua que, por cierto, tiene en el instituto Cervantes la principal institución dedicada a promover el uso del español y la difusión de la cultura hispánica y que, en honor a la verdad, tenemos completamente olvidada cuando se trata de ponerle nombre a cualquier cosa.

No es un rasgo distintivo de la empresa en la que trabajo, ni tampoco del sector tecnológico, el denostar a nuestra lengua, ni tampoco es algo que se circunscriba al terreno lingüístico. Es solo un síntoma más de ese complejo de inferioridad que tenemos tan arraigado en nuestro país, desde tiempos atávicos, y que nos lleva a abrazar lo extranjero, y en especial la lengua y la cultura anglosajona, en una pose que resulta aún más ridícula si tenemos en cuenta que somos uno de los países de Europa -si no del mundo- con un peor dominio del inglés.

Es imposible mirar a cualquier parte sin encontrar manifestaciones de nuestra sumisión y nuestra frágil autoestima, un terreno abonado que la industria, a través del marketing, sabe explotar a conciencia, con todo tipo de mensajes en los que el vocablo inglés, real o inventado, actúa como reclamo -tristemente eficaz- para nuestras ingenuas mentes, que inmediatamente lo asocian con algo más “guay”. Es el mismo marketing que después, hipócritamente, se vanagloria de crear y promover la “marca España”.

En el mundo en que vivimos, el mundo de la imagen y de las apariencias, sentirse inferior equivale a parecerlo y parecerlo prácticamente equivale a serlo.

Hemos llegado a un extremo tan delirante -y esto es algo que se exacerba en el ámbito empresarial-, que mantener una conversación empleando las palabras que en nuestra lengua designan los conceptos a los que queremos hacer alusión, sin salpicarla de jerigonza anglófona, es interpretado como un ejercicio de pedantería, excentricidad o esnobismo.

Si, para coger un poco de perspectiva, traspasamos nuestras fronteras, vemos que, por supuesto, no tenemos la exclusiva en esto de sentirnos inferiores, pero al mismo tiempo nos encontramos con otras realidades. Por proximidad geográfica y por filiación corporativa, tenemos el ejemplo de Francia. Los franceses, por término general, se sienten orgullosos de serlo, de su historia, de su cultura, de sus productos, de sus símbolos -bandera, himno, etc- y, por supuesto, de su lengua. Para el francés típico, lo francés es siempre lo mejor -no quiero decir con esto que el chauvinismo sea algo a imitar-.

Si volvemos a España y observamos que, por el hecho de enarbolar una bandera nacional -excepto que lo hagas para celebrar un éxito deportivo-, hay quienes te consideran un fascista -debido al perverso apoderamiento que de este símbolo identitario ha hecho la derecha más reaccionaria, y al victimismo, no menos perverso, teatralizado por los grupos independentistas- y pueden darte una paliza o asesinarte, constatamos de forma trágica el hecho de que un país que no cree en sí mismo -o que se avergüenza de sí mismo-, es un país a la deriva, destinado a ser colonizado y a perder sus señas de identidad. 

La lengua lo impregna todo, es nuestro vehículo de comunicación y expresión -también el más poderoso instrumento de manipulación que existe- y por lo tanto no hay ningún ámbito en el que no influya ni por el que no se vea influida. Ya sea en lo cultural, en lo social, en lo político, en lo económico, en lo psicológico… la forma en la que la lengua evoluciona refleja nuestra evolución como sociedad y como individuos. No es un asunto para tomarse a la ligera.

Ya Orwell vio claro, y lo plasmó en su obra 1984, que la mejor manera de alienar a los individuos que integran una sociedad, de impedir que piensen por sí mismos y quieran ser libres, es mutilar el lenguaje y reducirlo a una neolengua meramente utilitaria, casi un lenguaje de programación.

Si esto es así, y si además la lengua oficial -fiscalizada por la RAE-, se va adaptando al uso, o más bien al mal uso o desuso, que de ella hacemos -algo que inevitablemente acaba sucediendo, pues de lo contrario la brecha con la lengua “real” la haría irreconocible-, ¿qué quedará de ella? La respuesta es sencilla: nada, el español de hoy será una lengua muerta como el sánscrito o el arameo. En cuanto a nuestra identidad cultural, algo que va indisolublemente ligado a nuestra lengua y que otros pueblos han perdido tras defenderla a sangre y fuego, nosotros la habremos entregado sin oponer resistencia.

Quien no me conozca puede quizás hacerse una idea equivocada de mi persona. Ni soy especialmente afín a banderas ni credos, sean del signo que sean, ni siento ninguna aversión por otras culturas. Al contrario, me gusta el inglés y me gusta usarlo -no el español prostituido-, me gusta viajar y me gusta conocer otras culturas, lo que no me gusta es que me invadan.

Así que, compañero, la próxima vez que, por pereza, por querer parecer guay, por no desentonar, por seguir la corriente, por el motivo que sea, vuelvas a machear ficheros, a customizar tu aplicación, a setear variables, a consolidar tu know-how, a montar una call,  etc… recuerda que, de forma lenta pero inexorable, nos condenas a todos.