Cuando surgió la oportunidad de viajar a Marte, la verdad es que no me lo pensé, si bien era consciente de que nunca podría volver -el viaje de vuelta es extremadamente caro y está al alcance de muy pocos-. Siempre he sido una persona curiosa e inquieta, así que la posibilidad de experimentar cómo es la vida en otro planeta me resultó imposible de rechazar.
No me vine solo, sino en compañía de Leónidas, mi gato. En contra de todos los pronósticos, no solo llegó sano y salvo -se le concedían pocas opciones de sobrevivir al estrés y las condiciones del viaje-, sino que se ha adaptado a la vida marciana con pasmosa naturalidad, demostrando que los humanos proyectamos en quienes nos rodean nuestras propias debilidades.
No niego que existen algunos inconvenientes, como el frío extremo, la microgravedad, las tormentas solares, la necesidad de usar trajes presurizados fuera de la ciudad burbuja, la comida - un tanto básica, pues la agricultura se encuentra todavía en un estado incipiente-, la relativa escasez de población, etc.
A pesar de ello, todos los que vivimos en el planeta rojo hemos construido aquí nuestro hogar, con o sin familia. Disponemos de nuestra propia vivienda -adquirida a un precio irrisorio para los estándares terrestres-, un vehículo todoterreno propulsado con hidrógeno y la comodidad de tener al alcance todo lo que podemos necesitar, sin necesidad de aventurarnos fuera de la seguridad que proporciona la ciudad burbuja –es algo que solemos reservar para las excursiones de fin de semana-.
Muchos de nosotros trabajamos para empresas ubicadas en la Tierra. Técnicamente no hay grandes dificultades, pues el correo electrónico solo demora unos pocos minutos en llegar y nuestros servidores se actualizan diariamente, así que podemos trabajar con casi total normalidad.
En mi caso, trabajo para la misma compañía en la que trabajaba cuando decidí venir a Marte. Cuando les comuniqué mi propuesta de seguir trabajando de forma remota, inicialmente se mostraron reticentes, pero en la actualidad están encantados, y no hay una sola reunión del consejo de administración en la que no se cite mi caso, y el de otros que han seguido mis pasos, como precursores de una nueva forma de entender las relaciones laborales, a todas luces más flexible y eficiente.
Pero lo cierto es que últimamente… estoy teniendo altibajos. La emoción por la novedad y la aventura se va disipando, y a veces me pregunto qué hago realmente aquí. Hay días en los que la grabación de la reunión de primera hora me sume en una cierta melancolía. Me imagino interviniendo, aportando mi punto de vista, quizás haciendo alguna broma…
Pienso que la relación entre compañeros, y en general las relaciones sociales, venían siendo cada vez más frías e impersonales, y que el hecho de que, al menos para mí, sea ya una situación irreversible, me ha hecho ser dolorosamente consciente de cómo nos afecta y en que nos convierte.
Creo que, de alguna manera, quería alejarme de la sensación de inanidad que me produce una sociedad, tan hiperconectada como deshumanizada, en la que el exceso de conectividad convierte a las personas en efímeros pasatiempos digitales. El error está en creer que es suficiente cambiar un lado de la ecuación, pero en cuanto al otro lado… por muy lejos que vayas, no puedes escapar de ti mismo, de tus necesidades y conflictos.
He llegado a fantasear con la idea de volver. Buscando otro trabajo, creando una pequeña empresa… pero es una quimera inalcanzable, necesitaría varias vidas para reunir la suma necesaria.
Gracias Elon Musk por tenerlo tan bien pensado…
En fin, creo que me he dejado llevar por la ansiedad y los pensamientos obsesivos. He pasado una mala racha, de acuerdo, pero debo serenarme y ver las cosas con perspectiva.
Estoy aquí, cómodamente sentado, delante de mi ordenador, escuchando mi música. Apenas he necesitado levantarme media hora antes para ducharme y desayunar. Tengo comida en la nevera y recibo periódicas visitas de Leónidas.
Sin lugar a dudas, soy un privilegiado…