domingo, 23 de noviembre de 2025

Bailad malditos

En su libro "La Verdad de Agamenón", Javier Cercas cuenta una anécdota de su pueblo natal, Ibahernando -Cáceres- en el que, durante el transcurso de las fiestas locales, cuando se celebraban los bailes la gente que no bailaba permanecía agarrada a un palo clavado en mitad de la pista, mirando con expresión patética las evoluciones de los bailarines, es decir, de la gente integrada. 

Es sin duda una imagen terriblemente descriptiva de la imposibilidad que sienten, que sentimos algunos seres humanos para disfrutar de una actividad para otros tan primaria y espontánea. La inseguridad, la indefensión y la impotencia que produce el sentirse señalado y menospreciado por no compartir esa especie de embriagador rapto de los sentidos, esa conexión inextricable entre música, mente y músculos. 

En los tiempos actuales, en los que tener una orientación sexual diferente a la convencional ya no es, afortunadamente -o lo es cada vez menos- un estigma a ojos de los demás, la incapacidad o la aversión hacia el baile sigue siendo motivo de escarnio, ridiculización y desprecio por parte del resto de los mortales. 

Quien crea que exagero o que estoy haciendo una comparación frívola es porque no ha tenido que experimentar, tantas y tantas veces en su vida, el embarazo de ser interrogado por los motivos de esa desafección, la humillación de ser instado a ensayar unos primeros pasos, a dejarse llevar. ¿Cómo puede alguien pensar que hacer algo cuya mera insinuación es motivo de ansiedad pueda ser un acto liberador y no un esfuerzo de voluntad sobrehumano, de consecuencias previsiblemente vergonzantes? 

Los mismos que considerarían actos abominables, por poner un par de ejemplos, lanzar a una piscina a una persona con miedo al agua o encerrar en un ascensor a alguien con claustrofobia, no tienen ningún reparo en porfiar con su machacona perorata y en buscar la menor ocasión para dejar en evidencia la imperdonable tara que, a sus ojos, arrostramos allá donde nuestro infortunio nos lleve.

Esta falta de empatía, este supremacismo danzador, tiene su origen en la íntima creencia de que, lo que a ellos les produce tan sublime delectación, necesariamente ha de provocar el mismo arrobo en cualquier ser humano que esté un poco más evolucionado que un primate. Es el denominador común de cualquier pensamiento o actitud totalitaria, no hay alternativa porque cualquier alternativa es errónea.

Si esta intolerancia es tan perfectamente tolerada, es debido a la popularidad del baile como actividad grupal, a su consideración de práctica festiva y enardecedora del espíritu y a la proliferación de locales donde esta actividad tiene un retorno económico muy importante. 

Sin olvidar por supuesto que las salas de baile han sido el escenario clásico para más o menos sórdidos rituales de apareamiento, donde los machos alfa más gallardos y cimbreantes pugnaban por ser obsequiados con el favor de las damas, en una coreografía onírica muchas veces favorecida por la ingesta de algún estimulante.

Hablo en pasado porque, como ya sabemos, la vida ahora transcurre en internet, en especial para los jóvenes. Pero allá en un pasado no tan remoto, esta circunstancia podía situar a los jóvenes y adolescentes al borde de la desesperación. Ya no se trataba solo de ser un rarito, un desubicado, un solitario inadaptado -lo cual puede ser relativamente tolerable-, sino de quedar excluido en buena medida del mundo de la sensualidad, en una fase de la vida en la que la pulsión sexual puede ser muy intensa y apremiante. 

Estoy convencido de que muchos de vosotros, lectores, habréis condescendido a ser parte de esta mascarada por este único y esencial motivo. Y este convencimiento proviene de la observación de otros desventurados que se encontraban en una situación similar, entre los que se crea, sin mediar una palabra, una tácita solidaridad similar a la que se establece entre los galeotes, más estrecha cuanto más duramente son espoleados por el cómitre. Es el consuelo mutuo de los que íntimamente saben que, hagan lo que hagan, están excluidos del juego, que son unos farsantes en un mundo que no es el suyo.

Puesto que me considero una persona no dogmática, muchas veces me he preguntado cuanto hay de verdad en el postulado principal de la parte contraria, a saber, si la inapetencia hacia el baile es un síntoma inequívoco de la incapacidad para disfrutar de forma plena y desinhibida de estímulos como la música, el movimiento y el ritmo o, en última instancia, para disfrutar realmente de la vida, al ser incapaces de abstraerse completamente de cualquier otro pensamiento, dejándose llevar por un impulso arrebatador, celosamente traspasado de generación en generación por nuestros egoístas y caprichosos genes desde los tiempos en los que nuestros antepasados vivían en las cavernas.

Sinceramente, no lo sé, pero sí tengo clara una cosa. Somos individuos, y por lo tanto, distintos los unos a los otros. No me siento mejor que tú por nada de lo que sea capaz de hacer, ni voy a intentar jamás convencerte de que seas como yo o actúes como yo. Detesto cualquier forma de proselitismo, y creo que lo peor que se puede hacer con una persona, en aras de su desarrollo y su realización, es pretender que actúe en contra de su naturaleza. Creo, por el contrario, en la escucha y en ofrecer una mano para ayudar a las personas a recorrer el camino que ellas han decidido seguir.

Como conclusión, cuando te sientas tentado de burlarte de la estaticidad de alguno de tus acompañantes, piensa en todo aquello que no te gusta o que eres incapaz de hacer, y que nadie te está pidiendo que hagas -lo cual te dejaría probablemente en mal lugar-. Piensa en la tremenda diversidad de áreas de interés del ser humano y mantén tu mente abierta y libre de prejuicios.

Y por supuesto, baila, baila y disfruta libremente de lo que te hace feliz.  

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