En un remoto país vivía una bella princesa de piel satinada y ojos castaños. Era feliz contemplando hermosos paisajes, hablando con las criaturas del bosque y comiendo frutas de todos los colores que recogía de los árboles. Un día que estaba dando un paseo escuchó un sonido y se dirigió al lugar de donde provenía, donde encontró a un conejito blanco masticando una zanahoria con gran placer.
- Buenos días, señor conejo
- Buenos días, princesa
- ¿Cómo se encuentra usted?
- Muy bien, soy un conejo afortunado, siempre tengo comida y todo el mundo me trata con deferencia. Sin duda, este es un gran lugar para vivir.
- Me alegra mucho oírle decir eso, ¿le gustaría pasear conmigo?
- Por supuesto -contestó el conejo, enterrando el trozo de zanahoria que le quedaba para comérselo a la vuelta.
Recorrieron juntos los senderos, contaron cuántos animalitos se encontraban por el camino, observaron la forma de las nubes tratando de adivinar a qué se parecían, jugaron a rebotar piedrecitas sobre el agua de un riachuelo, rieron y cantaron, hasta que divisaron a una lechuza subida a la rama de un árbol que les miraba atentamente.
- Señora lechuza, ¿qué hace usted despierta a estas horas? -le preguntó la princesa.
- Sí, es verdad que suelo estar durmiendo durante el día, pero me he quedado despierta porque tengo algo importante que contarte.
- ¿A mí?
- Si, mi querida princesa, las hadas del bosque han querido concederte un regalo por la amabilidad y la bondad con la que nos tratas a todos.
- Oh, me siento muy emocionada, ¿en qué consiste ese regalo?
- Será el mejor regalo que recibirás en toda tu vida, pero para ello tendrás que hacer antes un pequeño sacrificio.
- ¿A qué os referís?
- Tendrás que viajar a un país muy lejano, donde hablan un idioma distinto al nuestro, el sol calienta como el fuego y hay mares azules e inmensos que la vista no es capaz de abarcar.
- ¿Y el regalo? -insistió la princesa.
- Solo cuando vivas allí podrás saber cuál es.
La princesa dudó, pues aunque sentía un gran respeto por las hadas, le daba pena separarse del bosque y de sus criaturas, con las que se sentía tan unida. Al fin dijo:
- De acuerdo, haré lo que me proponéis, pero, para no sentirme tan sola, querría pedirle al señor conejo que me acompañase.
- Será un honor para mí, princesa -contestó el bondadoso conejo, dispuesto así a cambiar su apacible vida por otra más incierta.
- ¿Y cómo podremos llegar hasta esas tierras si están tan lejos y además no sabemos el camino a seguir?
- No os preocupéis, nuestra águila gigante os llevará -sentenció la lechuza. Y en apenas un suspiro apareció un águila majestuosa de enormes alas, que les invitó a subir encima de ella.
- Subid por favor, yo os llevaré con mucho gusto.
Y así sobrevolaron montañas nevadas, verdes prados y lagos azules hasta llegar a su destino, donde comenzaron su nueva vida.
Pero pasaba el tiempo y ni la princesa ni el conejo entendían cuál podía ser el regalo del que habló la lechuza.
Un buen día en que paseaban por la playa -ya que a la princesa le fascinaba contemplar el mar- vieron una caracola de color azul marino sobre la arena.
- En verdad es la caracola más curiosa que he visto en mi vida -dijo el conejo.
- Si, y la más bonita, debemos llevarla a casa y cuidarla.
Eso hicieron, y ante el asombro de ambos, la caracola iba creciendo día a día. No sólo eso, sino que parecía palpitar, como si albergara vida en su interior.
Una noche, despertaron sobresaltados al oír unos extraños crujidos, ¡la caracola se estaba rompiendo! y ante sus atónitos ojos apareció una dulce princesita de ojos azules como el mar y cabellos dorados como el sol, que comenzó a hablarles.
- Llevaba mucho tiempo dentro de esa caracola, para poder salir necesitaba que alguien me cuidase y me diese su amor, como tú has hecho. Ahora haré de ti la persona más dichosa del mundo.
Enseguida comprendieron, tanto la princesa como el conejo, que este era el regalo que le había sido concedido, y no pudieron sino convenir en que no había mejor regalo posible, ya que desde ese momento vivieron los tres felices y en armonía.
La princesita reía, jugaba, se bañaba en el mar -pues este era su elemento natural- y escuchaba embelesada los cuentos que la princesa le leía con su voz llena de ternura, cuentos que hablaban de historias como la suya y que hacían volar su imaginación -y que a veces también la desvelaban-.
Así pasan los años, y cada día la princesa comprende mejor las palabras de la lechuza, que el tesoro con el que ha sido bendecida hace desvanecerse la distancia y el tiempo, y que estés donde estés, el único idioma importante es el del corazón, y éste es universal.
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