Resulta chocante que citemos con tanta frecuencia y entusiasmo al Quijote -lo hayamos leído o no-, la obra cumbre de la literatura en lengua española. Una lengua que, por cierto, tiene en el instituto Cervantes la principal institución dedicada a promover el uso del español y la difusión de la cultura hispánica y que, en honor a la verdad, tenemos completamente olvidada cuando se trata de ponerle nombre a cualquier cosa.
No es un rasgo distintivo de la empresa en la que trabajo, ni tampoco del sector tecnológico, el denostar a nuestra lengua, ni tampoco es algo que se circunscriba al terreno lingüístico. Es solo un síntoma más de ese complejo de inferioridad que tenemos tan arraigado en nuestro país, desde tiempos atávicos, y que nos lleva a abrazar lo extranjero, y en especial la lengua y la cultura anglosajona, en una pose que resulta aún más ridícula si tenemos en cuenta que somos uno de los países de Europa -si no del mundo- con un peor dominio del inglés.
Es imposible mirar a cualquier parte sin encontrar manifestaciones de nuestra sumisión y nuestra frágil autoestima, un terreno abonado que la industria, a través del marketing, sabe explotar a conciencia, con todo tipo de mensajes en los que el vocablo inglés, real o inventado, actúa como reclamo -tristemente eficaz- para nuestras ingenuas mentes, que inmediatamente lo asocian con algo más “guay”. Es el mismo marketing que después, hipócritamente, se vanagloria de crear y promover la “marca España”.
En el mundo en que vivimos, el mundo de la imagen y de las apariencias, sentirse inferior equivale a parecerlo y parecerlo prácticamente equivale a serlo.
Hemos llegado a un extremo tan delirante -y esto es algo que se exacerba en el ámbito empresarial-, que mantener una conversación empleando las palabras que en nuestra lengua designan los conceptos a los que queremos hacer alusión, sin salpicarla de jerigonza anglófona, es interpretado como un ejercicio de pedantería, excentricidad o esnobismo.
Si, para coger un poco de perspectiva, traspasamos nuestras fronteras, vemos que, por supuesto, no tenemos la exclusiva en esto de sentirnos inferiores, pero al mismo tiempo nos encontramos con otras realidades. Por proximidad geográfica y por filiación corporativa, tenemos el ejemplo de Francia. Los franceses, por término general, se sienten orgullosos de serlo, de su historia, de su cultura, de sus productos, de sus símbolos -bandera, himno, etc- y, por supuesto, de su lengua. Para el francés típico, lo francés es siempre lo mejor -no quiero decir con esto que el chauvinismo sea algo a imitar-.
Si volvemos a España y observamos que, por el hecho de enarbolar una bandera nacional -excepto que lo hagas para celebrar un éxito deportivo-, hay quienes te consideran un fascista -debido al perverso apoderamiento que de este símbolo identitario ha hecho la derecha más reaccionaria, y al victimismo, no menos perverso, teatralizado por los grupos independentistas- y pueden darte una paliza o asesinarte, constatamos de forma trágica el hecho de que un país que no cree en sí mismo -o que se avergüenza de sí mismo-, es un país a la deriva, destinado a ser colonizado y a perder sus señas de identidad.
La lengua lo impregna todo, es nuestro vehículo de comunicación y expresión -también el más poderoso instrumento de manipulación que existe- y por lo tanto no hay ningún ámbito en el que no influya ni por el que no se vea influida. Ya sea en lo cultural, en lo social, en lo político, en lo económico, en lo psicológico… la forma en la que la lengua evoluciona refleja nuestra evolución como sociedad y como individuos. No es un asunto para tomarse a la ligera.
Ya Orwell vio claro, y lo plasmó en su obra 1984, que la mejor manera de alienar a los individuos que integran una sociedad, de impedir que piensen por sí mismos y quieran ser libres, es mutilar el lenguaje y reducirlo a una neolengua meramente utilitaria, casi un lenguaje de programación.
Si esto es así, y si además la lengua oficial -fiscalizada por la RAE-, se va adaptando al uso, o más bien al mal uso o desuso, que de ella hacemos -algo que inevitablemente acaba sucediendo, pues de lo contrario la brecha con la lengua “real” la haría irreconocible-, ¿qué quedará de ella? La respuesta es sencilla: nada, el español de hoy será una lengua muerta como el sánscrito o el arameo. En cuanto a nuestra identidad cultural, algo que va indisolublemente ligado a nuestra lengua y que otros pueblos han perdido tras defenderla a sangre y fuego, nosotros la habremos entregado sin oponer resistencia.
Quien no me conozca puede quizás hacerse una idea equivocada de mi persona. Ni soy especialmente afín a banderas ni credos, sean del signo que sean, ni siento ninguna aversión por otras culturas. Al contrario, me gusta el inglés y me gusta usarlo -no el español prostituido-, me gusta viajar y me gusta conocer otras culturas, lo que no me gusta es que me invadan.
Así que, compañero, la próxima vez que, por pereza, por querer parecer guay, por no desentonar, por seguir la corriente, por el motivo que sea, vuelvas a machear ficheros, a customizar tu aplicación, a setear variables, a consolidar tu know-how, a montar una call, etc… recuerda que, de forma lenta pero inexorable, nos condenas a todos.
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