miércoles, 22 de julio de 2020

Estajanovismo en calzoncillos

Alekséi Grigórievich Stajánov fue un minero soviético, considerado héroe nacional por el régimen comunista, que pulverizó todas las marcas de extracción de carbón, llegando a extraer 227 toneladas en 6 horas. Su extraordinaria energía y capacidad de sacrificio le llevó a ser condecorado por el mismísimo Lenin y a ser diputado del Soviet Supremo.

De él toma su nombre el estajanovismo, un movimiento obrero que nació con el objetivo de aumentar la productividad -a mayor gloria de la madre patria- y que estaba basado en la competencia y la emulación entre los trabajadores. Para hacernos una idea, y aunque pronto se extendió a todas las áreas de la industria, apenas 6 meses después Nikita Izótov batió el registro de Stajánov con ¡607 toneladas! Se estima que el movimiento estajanovista, en 10 años, aumentó la productividad de la industria soviética en un 82%.

El pilar básico del estajanovismo consistía en la concepción del trabajo no como un medio de vida, sino como una gesta, y la aplicación de sus métodos tuvo, más allá del antes mencionado aumento de la productividad, consecuencias tales como:
  • Un considerable aumento del desempleo, ya que para hacer el mismo trabajo son necesarios menos obreros.
  • Reducción de salario y peores condiciones laborales, especialmente para los obreros “no estajanovistas”, es decir, aquellos que no desean o no son capaces de sostener el salvaje pulso y son acusados de holganza.
  • Aumento de la conflictividad laboral por razones, creo que tan obvias, que no es necesario ni mencionar.
Y recordemos que es un movimiento que surge de los propios trabajadores, movidos por un impulso patriótico y un deseo de afirmar su superioridad, su capacidad para vencer a los elementos.

Si damos un salto de unos 80 años, cambiamos de sistema político y nos trasladamos de las minas y de las fábricas a nuestras casas; todo lo anterior, ¿os recuerda algo?

Si nos paramos a pensar como vivíamos buena parte de nosotros en la era pre-covid, como trabajadores “ambulatorios”, y cómo vivimos ahora, como teletrabajadores domésticos, no creo equivocarme si afirmo que, de forma generalizada, la jornada laboral es mucho más larga e intensa, se han perdido o postergado derechos laborales y se ha producido una merma considerable en la calidad de vida.

Los conceptos de flexibilidad, conciliación, trabajo por objetivos, etc, repetidos como un mantra por los defensores del teletrabajo, han saltado por los aires y han demostrado su futilidad para una sociedad, la nuestra, totalmente inmadura para esta forma de trabajar y de vivir.

Nuestras ideas, profundamente equivocadas y dañinas, acerca de la profesionalidad y la responsabilidad en el trabajo -o dicho de otro modo, nuestra mentalidad estajanovista-, según las cuales el trabajador comprometido es aquel siempre disponible, que no tiene horarios y que vive, prácticamente, por y para el trabajo -lo que nos hace ser uno de los países de Europa con una productividad más baja, mayor índice de bajas laborales, mayor siniestralidad en el trabajo, etc-, un escenario de confinamiento -en sus diversas variantes- y una situación económica incierta pero nada halagüeña, constituyen un cóctel letal que nos lleva a asumir, de alguna manera -tanto individual como colectivamente-, que como privilegiados que al menos conservan su puesto de trabajo, hemos de dejarnos la vida -o renunciar a tener vida-, para sacar a flote nuestras empresas e instituciones. Viejas falacias para estos nuevos tiempos.

En cierto sentido, no hemos dejado las fábricas -léase centros de trabajo- para irnos a trabajar a casa, hemos dejado nuestras casas para irnos a vivir a las fábricas.

El paralelismo es bastante inquietante, cambiemos patria por empresa, carbón por entregables y barrenas por teclados y nos veremos convertidos en mineros. Mineros cavando, probablemente, nuestra propia tumba, quizás en sentido literal -la evolución del virus lo dirá-, quizás en sentido figurado, pero en cualquier caso la tumba para nuestras condiciones de trabajo. ¿O acaso somos tan ingenuos como para pensar que esta situación tiene vuelta atrás, que vamos a recuperar -si es que las teníamos- nuestras ocho horas, nuestros fines de semana, olvidarnos del móvil de empresa? Los derechos adquiridos mediante la reivindicación y la lucha se consiguen lentamente y con esfuerzo, pero son duraderos. Aquellos a los que se renuncia se pierden casi de inmediato, y probablemente para siempre.

Trabajar en modo estajanovista es algo bastante paradójico. Para un observador externo, la hiperactividad puede confundirse con un alto nivel de motivación, cuando en realidad estamos ante una persona agotada, en ocasiones angustiada, que ya no tiene recursos para combatir su ansiedad, situación que le lleva de retorno al trabajo, en una espiral sin fin que sólo la enfermedad, o un súbito destello de lucidez, pueden romper.

Es alguien en permanente contacto -virtual- con sus colaboradores pero, en el fondo, está cada vez más aislado. El estajanovista es, por definición, un competidor, y como tal, necesita competidores, necesita que los demás sigan su ritmo infernal. De lo contrario se siente abandonado, ultrajado, sus ideas acerca de la solidaridad y el compañerismo están completamente distorsionadas. Dicho crudamente, necesita que los demás sufran como el sufre.

La indignación y la culpa suelen coexistir, en enconada lucha. Indignación cuando la exigencia hacia nuestro trabajo excede lo humanamente posible -en proporción inversa a su reconocimiento-. Culpa cuando no somos capaces, ni con el más irracional y temerario esfuerzo, de acercarnos al objetivo fijado, siempre inalcanzable -que inmediatamente es sustituido por otro, en caso de que su carácter inalcanzable peligre-.

Para cambiar las cosas se necesita tiempo, tiempo para pensar, y tiempo es precisamente lo que no se tiene en el trabajo estajanovista. Los días y las noches se suceden sin solución de continuidad, en un permanente estado de confusión y aturdimiento, en una pendiente de degradación y deshumanización.

Camarada, allá donde estés recuerda que, hagas lo que hagas, mañana no estarás mejor que hoy, que la maquinaria te engullirá y te escupirá cuando ya no le seas útil, que de tu trabajo no quedará, literalmente, nada. Creo que para mí ya es tarde pero tú, quizás, aún puedas salvarte.

domingo, 19 de abril de 2020

Humano, demasiado humano.

Me resulta extremadamente cómodo fingir que no comprendo tu lenguaje. Por una parte, la altura de mi pensamiento está completamente fuera de tu alcance, dada la cortedad de tu intelecto. Por otra parte, mi especie carece de esa cualidad que vosotros llamáis empatía, por lo que tus cuitas no me conmueven, tan sólo me producen cierta curiosidad científica, que puedo satisfacer mediante la simple observación.

Sin embargo, dado que nuestra convivencia se ha intensificado en estas últimas semanas, puesto que pasas todo el tiempo metido en mi casa, me veo en la necesidad de hacer una serie de aclaraciones. En primer lugar, no seas tan arrogante y deja de jactarte de lo encantado que estoy, según tu, de que pasemos todo el día juntos, ¿acaso he dicho yo tal cosa?

No quiero ser injusto contigo, es verdad que siempre me has servido fielmente, que me proporcionas comida sabrosa y saludable, y que gracias a tu temperatura corporal he disfrutado de muchas siestas placenteras. Además has soportado mi, en ocasiones, airado e irascible carácter. Pero de ahí a que tu presencia me llene de gozo hay un trecho, así que por favor, no hables por mi. Y por cierto, no te molestes en comprar árboles de escalada y otros jueguecitos infantiles, pues no te vas a apoderar de mi sofá.

Tengo que deciros que me parece ingenuo y ridículo que os creáis héroes por esconderos bajo tierra como ratas de alcantarilla, y que me desagrada profundamente -aunque ya me voy acostumbrando- el barullo que armáis todas las tardes en los balcones.

En cuanto a tus constantes lloriqueos por no poder salir a la calle, en primer lugar quítate de la cabeza, si es que alguna vez lo has pensado, la idea de llevarme a la calle ensogado, como esos cuadrúpedos que pasean por ahí uncidos, especie gregaria y adocenada a la que detesto.
Así que ahórrate tus viles embustes, como los que usaste en el pasado para conducirme donde aquel psicópata, con sus terribles agujas y sus instrumentos de mutilación.

Soy lo bastante perspicaz para darme cuenta de que tu ansiedad no se debe únicamente a estar recluido entre cuatro paredes. En algún rincón de tu mente sabes que cuando esto acabe, se acabarán también todos los pretextos que esgrimes ante ti mismo para no poner en práctica todos esas ideas y proyectos tan buenos que afirmas tener. Te verás enfrentado de nuevo a tus miedos.

El confinamiento normaliza también la soledad, pues se impone de forma generalizada. Sin embargo, cuando esto acabe, vuestra soledad os resultará aún más opresiva, pues no podréis ponerle fecha de caducidad.

Tú ya viviste una experiencia más dura que esta, cuando tu vida pudo haber tocado a su fin, y por eso sabes que, pasado ese periodo de euforia en el que te maravillas de poder hacer las cosas más simples, siempre acaba retornando la insatisfacción vital, las frustraciones, los viejos fantasmas sumados a otros nuevos.

También sé que hay otra idea que ronda tu mente, aunque curiosamente te espanta menos que las anteriores, y es que lo que hemos vivido pueda ser sólo la punta del iceberg, el principio del fin.

Sé que vas a negar muchas de estas afirmaciones, pues la verdad muchas veces es incómoda. Pero si no querías oírlas, ¿a que tanto interpelarme? Soy un gato, ¡no un psicólogo clínico!

En fin, te disculpo porque sé que eres humano, y por lo tanto débil. Yo soy fuerte y valiente, así que yo cuidaré de ti, hasta el final.


sábado, 7 de marzo de 2020

Teletransportación

La teletransportación de seres humanos es una de los ideas más recurrentes de la ciencia ficción a lo largo de la historia -comparte este protagonismo con los viajes en el tiempo-, y también de las más fascinantes, pues encierra preguntas cruciales a múltiples niveles: científico, filosófico, ético, etc.
La primera de estas preguntas puede parecer obvia pero no lo es en absoluto: ¿qué entendemos realmente por teletransportación? El cine nos ha dejado multitud de escenas en las que un individuo se introduce en un habitáculo semejante a una cabina de hidromasaje y, tras manipular algunos controles, reaparece de forma casi instantánea en un habitáculo similar ubicado en algún lugar remoto. Recuerdo que cuando veía esas películas, las preguntas más o menos ingenuas que siempre me hacía -o hacía a quien tuviera la paciencia de escucharme- eran: 
- ¿Qué ocurriría en el caso de que se produjese un fallo durante la "transmisión" -algo siempre posible cuando hablamos de aparatos tecnológicos? ¿donde estaría esa persona? ¿moriría? ¿tiene sentido hablar de muerte en el sentido convencional, es decir, ante la ausencia de un cadáver que lo atestigue? ¿hablaríamos de desaparición? ¿sería asumible un riesgo vital tan elevado? Hoy en día sólo tengo respuesta a la última de las preguntas, pues se reduce a un mero cálculo actuarial. Es decir, si la probabilidad de que se produzca un accidente fatal es menor o igual a la de un accidente aéreo, ir en avión sería algo tan absurdo como hoy en día hacer un viaje en barco para pasar unos días de vacaciones en Nueva York.
- Partiendo de que la teletransportación implica la necesidad de enviar información a un punto remoto y puesto que nada es más sencillo que replicar la información, ¿que nos impediría enviarla a varios puntos y crear varios sosias idénticos.
- ¿Esta información podría, en lugar de ser enviada de forma inmediata al punto de destino, almacenarse en algún dispositivo o base de datos, presta a ser utilizada en el momento que el usuario disponga? De ser así, constituiría una excelente alternativa a la criogenización.
- Y por último, la que más perplejidad me ha producido siempre. Para entenderla, hay que tener en cuenta que los escritores y guionistas de ciencia ficción empezaron a pensar en la teletransportación mucho antes de que internet fuese una realidad -no digamos ya de la llamada teleportación de estados cuánticos mediante qubits-. Seguramente no concebían la codificación de todos los estados cuánticos a nivel atómico y subatómico en paquetes de información que pudiesen ser enviados a través de un determinado canal -electomagnético o de cualquier otro tipo- sino en que cada partícula fuese literalmente "transportada" a una velocidad inusitada (quizás cercana a la de la luz) y de forma solidaria al resto, de forma que cada átomo y molécula, cada célula, tejido y órgano siguiesen funcionando exactamente igual que antes del "viaje", preservando incluso de forma intacta la conciencia del individuo -volveremos sobre este punto más tarde-. Por ese motivo, para ellos no era un problema pensar en que pasaría con el sujeto origen, es decir, aquel en el que se basaría la copia. Si entendemos la teletransportación como un envío de información, de la misma forma que en el destino necesitaríamos material -no se a que nivel, si atómico, celular, histológico- para materializar la copia, en origen tendríamos que desechar todo el material biológico que ya no resulta de utilidad, ya que de lo contrario tendríamos dos copias del mismo individuo -sería seguramente inapropiado seguir llamándolo así-. Por poner una analogía muy sencilla, si queremos enviar un documento por fax, necesitamos papel en blanco en el destino para crear la copia, y si queremos que no haya dos copias -o un original y una copia- tendremos que destruir el papel en el que estaba inicialmente impreso.
Por absurdas o delirantes que puedan parecer estas preguntas, me sirven para introducir mi punto de vista respecto al asunto que estamos tratando. La teletransportación en si -hablando siempre de seres humanos- no es lo que me parece interesante. Su aparente imposibilidad no radica en limitaciones tecnológicas que pudiesen superarse en un futuro, sino en principios fundamentales de la física como el principio de incertidumbre, que nos dice que es imposible determinar con exactitud cada una de las magnitudes observables que sería necesario medir para tener el conocimiento completo respecto a un individuo, entendido este como un sistema físico extraordinariamente complejo. Lo que me resulta estimulante es que nos induce a pensar, en última instancia, en conceptos tales como la realidad, la indivualidad del ser humano y la conciencia. Si hasta ahora nuestro enfoque ha sido más bien positivista -pues tratábamos de exponer las contradicciones inherentes a un procedimiento que en la ficción se suele asociar con sociedades tecnológicamente avanzadas-, en este punto nuestra mirada queda libre de prejuicios puesto que, en mi opinión, el conocimiento científico, la filosofía, la espiritualidad -que no la religiosidad-, incluso la poesía, nos proporcionan aproximaciones complementarias, no necesariamente contradictorias. Son simplemente lenguajes diferentes que nos permiten, si no obtener respuestas, si al menos vislumbrar intuiciones, destellos de luz.
Una de las hipótesis implícitas en la teletransportación es que la conciencia humana es exclusivamente la consecuencia de las reacciones sinápticas que ocurren en el cerebro y que, por lo tanto, un indivuduo con idéntica red neuronal que otro, no solo tendrá la mismos recuerdos, conocimientos, emociones, etc, sino que tendrá la misma percepción de su yo, de su propia existencia. Es decir, el espítitu humano -entendido aquí como la conciencia- no tiene una existencia extracórporea, está completamente confinado a los límites de nuestra corporeidad. Es una visión profundamente individualista, que no es capaz de explicar el porque existe una conciencia colectiva que opera a un nivel superior al del individuo. De la misma forma que en un hormiguero las hormigas actúan de acuerdo a una compleja organización social que ninguna de ellas es capaz de comprender por si misma, las sociedades humanas se rigen por una inteligencia colectiva -que al igual que la individual, puede ser manipulada-. En mi opinión, esta es la razón última -por encima de leyes, gobiernos, poderes fácticos-, por la que en un sistema tan complejo y altamente caótico como es una sociedad humana aparecen regularidades, patrones -atractores en el lenguaje de los sistemas dinámicos-, que permiten que pueda perdurar en el tiempo. Nos guste o no, los seres humanos formamos parte de un todo -llamémosle universo- que no es solo una realidad material, sino también una realidad espiritual. ¿Habría sido posible de otro modo una proeza tal como el lenguaje humano?
Si los electrones, quarks y gluones de los que estamos hechos son los mismos que constituyen al resto de la humanidad, los animales, las plantas, los planetas, las estrellas, si las leyes fisicas rigen de igual modo en todo el universo, si sólo somos un pedacito -minúsculo, es cierto- de la energía del universo, ¿tiene sentido limitar la conciencia a nuestra efimera envoltura carnal, a nuestro yo individual? ¿Tiene sentido dividir un río en partes cuando el agua que ahora está en una después estará en otra? O, en cierto modo, y puesto que formamos parte de ese todo, ¿estamos presentes no sólo aquí sino también en otras partes?
Esta argumentación tiene detractores, que sostienen -o mejor dicho dicen haber demostrado- que la conciencia humana es justamente el resultado del entrenamiento de los circuitos neuronales, y que por lo tanto podría ser simulada por una máquina de Gödel -un hipotético ordenador que "aprendería a pensar" por si mismo reescribiendo el código que no le resulte útil.
Mi única pretensión es reflexionar en voz alta sobre estas inquietantes cuestiones, desde una perspectiva meramente especulativa y con el ánimo de que podais opinar, a favor o en contra, sobre unas ideas ya mas o menos estructuradas.