Sin embargo, dado que nuestra convivencia se ha intensificado en estas últimas semanas, puesto que pasas todo el tiempo metido en mi casa, me veo en la necesidad de hacer una serie de aclaraciones. En primer lugar, no seas tan arrogante y deja de jactarte de lo encantado que estoy, según tu, de que pasemos todo el día juntos, ¿acaso he dicho yo tal cosa?
No quiero ser injusto contigo, es verdad que siempre me has servido fielmente, que me proporcionas comida sabrosa y saludable, y que gracias a tu temperatura corporal he disfrutado de muchas siestas placenteras. Además has soportado mi, en ocasiones, airado e irascible carácter. Pero de ahí a que tu presencia me llene de gozo hay un trecho, así que por favor, no hables por mi. Y por cierto, no te molestes en comprar árboles de escalada y otros jueguecitos infantiles, pues no te vas a apoderar de mi sofá.
Tengo que deciros que me parece ingenuo y ridículo que os creáis héroes por esconderos bajo tierra como ratas de alcantarilla, y que me desagrada profundamente -aunque ya me voy acostumbrando- el barullo que armáis todas las tardes en los balcones.
En cuanto a tus constantes lloriqueos por no poder salir a la calle, en primer lugar quítate de la cabeza, si es que alguna vez lo has pensado, la idea de llevarme a la calle ensogado, como esos cuadrúpedos que pasean por ahí uncidos, especie gregaria y adocenada a la que detesto.
Así que ahórrate tus viles embustes, como los que usaste en el pasado para conducirme donde aquel psicópata, con sus terribles agujas y sus instrumentos de mutilación.
Así que ahórrate tus viles embustes, como los que usaste en el pasado para conducirme donde aquel psicópata, con sus terribles agujas y sus instrumentos de mutilación.
Soy lo bastante perspicaz para darme cuenta de que tu ansiedad no se debe únicamente a estar recluido entre cuatro paredes. En algún rincón de tu mente sabes que cuando esto acabe, se acabarán también todos los pretextos que esgrimes ante ti mismo para no poner en práctica todos esas ideas y proyectos tan buenos que afirmas tener. Te verás enfrentado de nuevo a tus miedos.
El confinamiento normaliza también la soledad, pues se impone de forma generalizada. Sin embargo, cuando esto acabe, vuestra soledad os resultará aún más opresiva, pues no podréis ponerle fecha de caducidad.
Tú ya viviste una experiencia más dura que esta, cuando tu vida pudo haber tocado a su fin, y por eso sabes que, pasado ese periodo de euforia en el que te maravillas de poder hacer las cosas más simples, siempre acaba retornando la insatisfacción vital, las frustraciones, los viejos fantasmas sumados a otros nuevos.
También sé que hay otra idea que ronda tu mente, aunque curiosamente te espanta menos que las anteriores, y es que lo que hemos vivido pueda ser sólo la punta del iceberg, el principio del fin.
Sé que vas a negar muchas de estas afirmaciones, pues la verdad muchas veces es incómoda. Pero si no querías oírlas, ¿a que tanto interpelarme? Soy un gato, ¡no un psicólogo clínico!
En fin, te disculpo porque sé que eres humano, y por lo tanto débil. Yo soy fuerte y valiente, así que yo cuidaré de ti, hasta el final.