Mi primer contacto con la obra del escritor Michel Houellebecq fue un tanto agridulce. Por aquel entonces fantaseaba con la idea de escribir una novela. Cuando leí Ampliación del campo de batalla comprendí que esto ya no sería posible puesto que el autor francés había publicado exactamente lo que yo habría querido escribir, al menos a nivel conceptual, pero con el talento de un gran novelista.
Es muy frecuente que una primera novela sea parcial o totalmente autobiográfica, es por ello que en bastantes ocasiones se trate de la obra cumbre del autor o que el resto de libros sean variantes de escaso interés. Hay también escritores exclusivamente autobiográficos, por poner algunos ejemplos Henry Miller, Anais Ninn y Jack Kerouac. Esto no ha sucedido con Houllebecq pero la fatal coincidencia cercenó de raíz mis aspiraciones literarias.
Cuando más tarde leí Las partículas elementales sufrí una auténtica conmoción. No voy a resumir aquí el argumento, que la mayoría ya conoceréis, bien sea por su lectura o por la adaptación cinematográfica. Con un descomunal talento narrativo nos presenta una historia de una gran dureza psicológica en el que las pasiones e instintos, también las debilidades y miserias del ser humano condicionan completamente el desarrollo de la novela. La angustia del hombre frente a su propia soledad, su impotencia ante el desmoronamiento del frágil andamiaje que sustenta su equilibrio emocional son retratadas de un forma vívida y sobrecogedora.
He leído en la prensa literaria alguna comparación con El extranjero de Albert Camus. Algo hay de eso pero en mi opinión, mientras que en la novela de Camus el absurdo de la existencia humana es algo que en el personaje se manifiesta como un total desapego hacia la sociedad que lo rodea, los personajes de Houllebecq sufren pues son plenamente conscientes de estar sujetos a lo contingente y del carácter irreversible de los hechos que marcarán su existencia.
Me atrevería a afirmar que hay algo de naturalismo en su obra, en el sentido de que son las pulsiones y los instintos primarios los que determinan el comportamiento de los personajes. Tengo curiosidad por saber que habría escrito Emile Zola de haber sido coetáneo nuestro.
Es con Plataforma cuando entra en escena el Houellebecq polémico. A partir de ese momento, la sociedad francesa e internacional se divide en partidarios y detractores. Los motivos, su supuesta misoginia, la defensa de la prostitución como actividad económica en el mundo subdesarrollado y su desprecio hacia la religión y la cultura islámica. Claro que esto se basa en opiniones y actitudes de sus personajes, no de él mismo. El escritor juega astutamente ¿o no? a construir una aureola de misterio alrededor de su persona a la que contribuyen también su carácter, e incluso su aspecto, huraño y excéntrico. Nos encontramos ya no ante un autor de culto sino ante una estrella mediática, ensalzado por unos, denostado por otros pero cuya obra ya nunca podrá ser desgajada de su figura, del mito.
Tras La posibilidad de una isla Houellebecq lleva más allá el concepto de fusión de obra y autor en El mapa y el territorio al convertirse él mismo en personaje de su novela. No se trata de un simple "cameo" o de una fugaz aparición irónica como si de un Alfred Hitchcock se tratase sino de un personaje central. El escritor, riéndose de sus críticos, se retrata a si mismo como un personaje patético, alcoholizado y desequilibrado ("es esa la imagen que se tiene de mi", declaró en una entrevista) y realiza un ejercicio de morbosidad inusual reservándose un destino especialmente macabro.
No se deciros si se trata de un ejercicio de vanidad o de creatividad literaria, es posible que ambas cosas. En cualquier caso el resultado, no ya por este asunto sino por la obra en si, es una novela extraordinaria.
Ayer mismo leí una noticia que me dejó perplejo. Se trata del inminente estreno de un "falso documental" sobre un inexistente secuestro de Michel Houellebecq por parte de Al Qaeda, inspirado en los rumores que surgieron al respecto en 2011. La película está protagonizada por el propio escritor y dirigida por Guillaume Nicloux.
Aun no he digerido la noticia y no tengo una opinión formada al respecto aunque por supuesto si una enorme curiosidad por ver la cinta. A quien se escandalice por tanta aparente ansia de notoriedad, le diría que la valoración que se hace de la obra de un artista está tanto o más condicionada por la personalidad del autor, además de consideraciones éticas, intereses políticos, etc, en otras áreas de la cultura y del arte que en la literatura. ¿O vais a decirme que la obra de Andy Warhol es enjuiciada con objetividad sin tener en cuenta la personalidad de su autor y el contexto en el que fue creada?
Estoy completamente seguro de que si no supiesemos absolutamente nada de quien ha escrito estos libros seguirían siendo obras fundamentales. En cualquier caso lo que podemos afirmar sin lugar a dudas es que estamos ante uno de los escritores e intelectuales vivos más importantes e influyentes de nuestros días.
martes, 26 de agosto de 2014
domingo, 24 de agosto de 2014
El miedo a la muerte
Me he preguntado muchas veces en mi vida si el miedo a la muerte es algo innato en el ser humano o adquirido culturalmente. La respuesta no es sencilla pues por una parte el miedo a la muerte y al sufrimiento, y el sufrimiento en si mismo, es el sustento para la creación y la continuidad de la mayoría de las religiones y por otra parte son las religiones las que con más ahínco han fomentado dicho temor para conseguir poder y adeptos. No obstante ambos razonamientos se revelan excesivamente simplistas como veremos. Antes que nada aclarar que no nos estamos refiriendo al instinto de supervivencia, atributo innegable no solo en el ser humano sino en todo ser vivo sino a una sensación patológica de angustia que condiciona la vida del individuo. Desde un punto de vista antropológico podríamos pensar que la percepción que tengamos de nuestra propia muerte dependerá de como entendamos nuestro rol en la sociedad. Un individuo misántropo o solipsista puede probablemente percibir su deceso como una tragedia suprema puesto que no se identifica con la sociedad que le sobrevivirá. Por contra una persona que sienta que forma parte de un cuerpo social cuya existencia está en un orden superior y en la que durante su trayectoria vital ha dejado un cierto poso puede quizás encontrar cierto consuelo en esta especie de fraternidad. Esta argumentación tiene no obstante puntos débiles. En primer lugar nos encontramos con el sujeto ególatra que quiere que, además del reconocimiento en vida, se le recuerde por su talento, su obra, su riqueza, su poder, etc... y encuentra satisfacción en ello. No siente en realidad empatía por el resto de sus congéneres puesto que se siente superior a ellos. Por otra parte un individuo temeroso puede buscar refugio en la comunidad precisamente para esconder su excesivo azoramiento o para compartir tan pesada carga con otros seres igual de mortales que él sin que por ello su espíritu halle remanso de paz alguno. Es un tema de discusión en biología evolutiva si en la naturaleza la lucha por la supervivencia se produce a nivel de especies, de grupos e incluso a nivel de genes. Los partidarios de la teoría del gen egoísta, con Richard Dawkins a la cabeza, sostienen que los seres humanos somos "máquinas de supervivencia" de nuestros genes e intentan explicar la evolución en base a este principio. A mi juicio resulta difícil justificar de esta forma el que haya personas que voluntariamente decidan no tener descendencia...pero si que da una explicación, distinta a la que daría la psicología, del porque generalmente las personas se sienten realizadas al tener hijos a los que de alguna forma ven como una prolongación de si mismas. Realmente en muchos casos es más el entorno familiar que el social el que cobra relevancia a la hora de que la persona sienta que ante su ausencia "su recuerdo seguirá vivo", al menos durante un tiempo, claro.
Como decía al principio las cosas no son tan sencillas en cuanto a la relación con el tema de la religión. Hay muchas personas que experimentan terror ante la idea de su propia muerte y que no tienen creencias religiosas. En algunos casos, incluso en contra de lo que ellos quisieran. Por citar a dos escritores que me son muy queridos Miguel de Unamuno en San Manuel Bueno, mártir, proyecta el sufrimiento ante su propia falta de fe en el personaje del párroco y Julian Barnes en Nada que temer, paradójico titulo para un libro dedicado enteramente a su tanatofobia, confiesa que nada le habría gustado más que hallar consuelo en la divinidad. No recuerdo ahora mismo que autor dijo que "la religión es el medio por el que las personas débiles son dominadas por otras sin escrúpulos". Esta afirmación me resulta excesivamente taxativa. A mi juicio tiene que haber, junto con la educación, por supuesto, una predisposición psicológica hacia lo sobrenatural. Sin ella ni una educación de orientación religiosa ni vivir sumidos en el miedo nos hará creer, al menos de forma sincera, en entidades trascendentes.
En el sentido inverso, nadie puede tener duda de que la religión, especialmente la católica, ha utilizado la muerte para aterrorizar a la población. Tanto con la inminencia de la misma ante la no observancia de estrictas reglas, ya sea por castigo divino o por mediación de la propia iglesia, como con la idea del infierno.
Sin embargo, sería injusto atribuir exclusivamente a la religión el fomento del miedo a la muerte. Si nos situamos en la época más actual los medios de comunicación, con su abrumador poder en todos los aspectos de nuestra vida, juegan un papel fundamental. Principalmente mediante la exhibición morbosa de los efectos de terribles ejecuciones, atentados, accidentes, etc. También mediante la exaltación de la juventud como bien supremo, especialmente en el terreno de la publicidad, y por lo tanto el desplazamiento y la ocultación de la vejez, antesala de la muerte, como un tema prácticamente tabú. También los poderes políticos han utilizado y lo siguen haciendo el fomento del terror para justificar medidas éticamente injustificables.
Hay personas que desarrollan trabajos que tienen altas dosis de riesgo para sus vidas. Otros se ponen en riesgo por motivos ideológicos o humanitarios. Los hay también que lo hacen por el mero hecho de sentir el vértigo y la descarga de adrenalina, como en el caso de los deportes de alto riesgo. No son, en general, personas que deseen morir, pero si que hemos de pensar que poseen una cualidad, el valor, que les hace sobreponerse a la reacción que tendríamos la mayoría. ¿Es en el fondo el valor la inconsciencia, el optimismo que les hace sentirse invulnerables a todos los peligros?¿ O la aceptación consciente de las consencuencias pensando que realmente puede pasar? Sinceramente no lo sé, siempre pienso en los fumadores que ponen en riesgo sus vidas de forma absurda aun teniendo conocimiento racional del riesgo pero sin llegar a creer que les vaya a suceder lo que les sucede a otros con su mismo vicio.
Sin embargo, y curiosamente, nadie calificaríamos a un fumador de persona valiente sino débil y si al que hace salto base cuando ambos pueden ser víctimas de una adicción, aunque de carácter muy distinto.
Y existen también personas que se suicidan. Para los autores románticos, el suicidio era el acto supremo de afirmación de la voluntad humana. Esto es discutible puesto que habría que definir que se entiende por voluntad. El suicida es por lo general una persona que se encuentra en un episodio depresivo mayor, con independencia de los motivos que le hayan llevado a él, que pueden ser muy variados, en el que la sensación de angustia, de desesperanza, es tan intensa e insoportable que aniquila incluso su instinto para sobrevivir. Es más bien una situación de cesación de la voluntad, de colapso absoluto del impulso vital.
Este último párrafo nos lleva a una pregunta un tanto paradójica e inesperada. ¿No es acaso un cierto miedo a la muerte, siempre que sea controlable y no mediatice drásticamente nuestras vidas, una condición y un síntoma de una relativa salud mental?
Como decía al principio las cosas no son tan sencillas en cuanto a la relación con el tema de la religión. Hay muchas personas que experimentan terror ante la idea de su propia muerte y que no tienen creencias religiosas. En algunos casos, incluso en contra de lo que ellos quisieran. Por citar a dos escritores que me son muy queridos Miguel de Unamuno en San Manuel Bueno, mártir, proyecta el sufrimiento ante su propia falta de fe en el personaje del párroco y Julian Barnes en Nada que temer, paradójico titulo para un libro dedicado enteramente a su tanatofobia, confiesa que nada le habría gustado más que hallar consuelo en la divinidad. No recuerdo ahora mismo que autor dijo que "la religión es el medio por el que las personas débiles son dominadas por otras sin escrúpulos". Esta afirmación me resulta excesivamente taxativa. A mi juicio tiene que haber, junto con la educación, por supuesto, una predisposición psicológica hacia lo sobrenatural. Sin ella ni una educación de orientación religiosa ni vivir sumidos en el miedo nos hará creer, al menos de forma sincera, en entidades trascendentes.
En el sentido inverso, nadie puede tener duda de que la religión, especialmente la católica, ha utilizado la muerte para aterrorizar a la población. Tanto con la inminencia de la misma ante la no observancia de estrictas reglas, ya sea por castigo divino o por mediación de la propia iglesia, como con la idea del infierno.
Sin embargo, sería injusto atribuir exclusivamente a la religión el fomento del miedo a la muerte. Si nos situamos en la época más actual los medios de comunicación, con su abrumador poder en todos los aspectos de nuestra vida, juegan un papel fundamental. Principalmente mediante la exhibición morbosa de los efectos de terribles ejecuciones, atentados, accidentes, etc. También mediante la exaltación de la juventud como bien supremo, especialmente en el terreno de la publicidad, y por lo tanto el desplazamiento y la ocultación de la vejez, antesala de la muerte, como un tema prácticamente tabú. También los poderes políticos han utilizado y lo siguen haciendo el fomento del terror para justificar medidas éticamente injustificables.
Hay personas que desarrollan trabajos que tienen altas dosis de riesgo para sus vidas. Otros se ponen en riesgo por motivos ideológicos o humanitarios. Los hay también que lo hacen por el mero hecho de sentir el vértigo y la descarga de adrenalina, como en el caso de los deportes de alto riesgo. No son, en general, personas que deseen morir, pero si que hemos de pensar que poseen una cualidad, el valor, que les hace sobreponerse a la reacción que tendríamos la mayoría. ¿Es en el fondo el valor la inconsciencia, el optimismo que les hace sentirse invulnerables a todos los peligros?¿ O la aceptación consciente de las consencuencias pensando que realmente puede pasar? Sinceramente no lo sé, siempre pienso en los fumadores que ponen en riesgo sus vidas de forma absurda aun teniendo conocimiento racional del riesgo pero sin llegar a creer que les vaya a suceder lo que les sucede a otros con su mismo vicio.
Sin embargo, y curiosamente, nadie calificaríamos a un fumador de persona valiente sino débil y si al que hace salto base cuando ambos pueden ser víctimas de una adicción, aunque de carácter muy distinto.
Y existen también personas que se suicidan. Para los autores románticos, el suicidio era el acto supremo de afirmación de la voluntad humana. Esto es discutible puesto que habría que definir que se entiende por voluntad. El suicida es por lo general una persona que se encuentra en un episodio depresivo mayor, con independencia de los motivos que le hayan llevado a él, que pueden ser muy variados, en el que la sensación de angustia, de desesperanza, es tan intensa e insoportable que aniquila incluso su instinto para sobrevivir. Es más bien una situación de cesación de la voluntad, de colapso absoluto del impulso vital.
Este último párrafo nos lleva a una pregunta un tanto paradójica e inesperada. ¿No es acaso un cierto miedo a la muerte, siempre que sea controlable y no mediatice drásticamente nuestras vidas, una condición y un síntoma de una relativa salud mental?
viernes, 22 de agosto de 2014
La feliz paradoja del viajar
Evidentemente hay muchos motivos para viajar. Se puede viajar por trabajo o para visitar a unos familiares o amigos que hemos dejado en nuestro país o ciudad de origen o a aquellos que se marcharon en pos de una formación, un trabajo, un amor, o simplemente un cambio de aires en su vida. Pero aquí quiero referirme al viajero turista, a ese espécimen que vive, trabaja y ahorra (cuando esto es necesario) durante todo el año pensando en las vacaciones, en dejar aparcadas sus preocupaciones, sus frustraciones y su modus vivendi habitual mediante esa especie de discontinuidad en el discurrir de nuestra existencia que constituyen los viajes de placer. Aquí también existe una enorme heterogeneidad atendiendo sobretodo a dos aspectos: el tipo de compañía y el tipo de destino. Los viajes que se realizan entre un grupo de amigos son sin duda la opción más relajada desde el punto de vista psicológico pues la ausencia de vínculos afectivos, en el sentido romántico del termino, nos exonera de la vigilancia sobre las necesidades y el estado de ánimo del otro. Es cierto también que esta coyuntura se presta a veces a la dipsomanía y otros excesos que generalmente se asumen como algo justificado dada la excepcionalidad de la situación. En el lado opuesto se sitúan los viajes en pareja que es sin duda la opción más delicada y contradictoria. Seguramente todos soñamos con la realización de un bonito viaje con la persona amada (y amante), y con la existencia en primer lugar de dicha persona, si no es el caso. Sin embargo, por experiencia propia y ajena estos viajes suelen estar preñados de ciertas dosis de amargura. Posiblemente la obligación de convivir durante veinticuatro horas al día, incluyendo el exiguo espacio de las habitaciones de hotel, donde todo el universo particular de pequeñas manías queda al descubierto, la necesidad continua de tomar decisiones sobre horarios, itinerarios, etc... nos lleva a un estado de susceptibilidad e irritabilidad que tarde o temprano desemboca en la confrontación y la extorsión. En no pocas ocasiones un viaje daña de forma seria una relación e inclusive desencadena la ruptura. En un punto equidistante se sitúan los viajes entre grupos de parejas, e incluso mixtos, parejas y "singles", que en cierto modo se puede considerar una estrategia interesante para intentar prevenir, o al menos paliar, los efectos devastadores de la convivencia itinerante. Y por último los viajes en solitario, sobre los que hablaremos en breve.
Por lo que respecta al destino ciertamente tiene poco que ver el turismo de sol y playa, o el turismo rural, que es en puridad el único en el que el objetivo primordial es el relax y la diversión sin complicaciones con lo que podríamos llamar el turismo cultural donde, lejos de buscar el descanso, lo que ansiamos es ampliar nuestro acervo cultural y satisfacer nuestra curiosidad intelectual observando el carácter y las costumbres de la gente, escuchando otras lenguas, contemplando el patrimonio cultural y artístico, probando la gastronomía, etc. El turismo cultural, especialmente cuando nos lleva a países sobre los que sabemos mas bien poco, reune unas características muy especiales. La sensación de aventura, la excitación por descubrir lo desconocido, la necesidad de autoafirmarnos como personas "de mundo" se impone a la incertidumbre frente a las barreras idiomáticas y a la sensación de desamparo frente a cualquier circunstancia imprevista (problema médico, acto criminal, etc...). Cuando se realiza de forma individual nos enfrenta quizás a la soledad en su estado más puro, aunque esto es algo un tanto paradójico puesto que nuestra condición de extranjeros de paso nos dispensa de la obligación de conocer a nadie, por lo que nuestra solitud es asumible como algo normal. Es un lugar común que los viajes se disfrutan más durante la preparación y la visualización previa que durante la realización en si. En mi caso personal los viajes resplandecen más a posteriori, cuando las incomodidades, los sinsabores y tensiones sufridos se difuminan y se convierten en anécdotas y lo que subyace es la placentera sensacion de conocer un pedacito más de este vasto mundo. Esto a veces, por reducción al absurdo, nos crea una sensación inquietante cuando analizamos todos los sitios a los que nos gustaría ir e involuntariamente hacemos un cálculo de los años que necesitaríamos para ello y los que nos puedan quedar para viajar en buenas condiciones, suponiendo que se sigan dando circunstancias favorables (economía, situación familiar, salud, etc...).
Reconozco que viaje tras viaje cometo los mismos errores. Mi obsesión por abarcar todos los aspectos de la realidad, por captar todas las imagenes posibles, por imbuirme del espíritu local, me lleva a un ritmo de actividad frenética los primeros días y posteriormente cierta languidez cuando la sensación de novedad se va apaciguando. De hecho es curioso que antes de deshacer la maleta generalmente ya estoy pensando en cual
podría ser mi próximo destino.
Como conclusión hay dos cosas sobre las que no tengo ninguna duda. La primera es que para mi viajar es una necesidad vital de la que no prescindiré salvo circunstancia de fuerza mayor. La segunda es que no merece la pena engañarse, por muy lejos que vayamos no podremos escapar de nosotros mismos.
Por lo que respecta al destino ciertamente tiene poco que ver el turismo de sol y playa, o el turismo rural, que es en puridad el único en el que el objetivo primordial es el relax y la diversión sin complicaciones con lo que podríamos llamar el turismo cultural donde, lejos de buscar el descanso, lo que ansiamos es ampliar nuestro acervo cultural y satisfacer nuestra curiosidad intelectual observando el carácter y las costumbres de la gente, escuchando otras lenguas, contemplando el patrimonio cultural y artístico, probando la gastronomía, etc. El turismo cultural, especialmente cuando nos lleva a países sobre los que sabemos mas bien poco, reune unas características muy especiales. La sensación de aventura, la excitación por descubrir lo desconocido, la necesidad de autoafirmarnos como personas "de mundo" se impone a la incertidumbre frente a las barreras idiomáticas y a la sensación de desamparo frente a cualquier circunstancia imprevista (problema médico, acto criminal, etc...). Cuando se realiza de forma individual nos enfrenta quizás a la soledad en su estado más puro, aunque esto es algo un tanto paradójico puesto que nuestra condición de extranjeros de paso nos dispensa de la obligación de conocer a nadie, por lo que nuestra solitud es asumible como algo normal. Es un lugar común que los viajes se disfrutan más durante la preparación y la visualización previa que durante la realización en si. En mi caso personal los viajes resplandecen más a posteriori, cuando las incomodidades, los sinsabores y tensiones sufridos se difuminan y se convierten en anécdotas y lo que subyace es la placentera sensacion de conocer un pedacito más de este vasto mundo. Esto a veces, por reducción al absurdo, nos crea una sensación inquietante cuando analizamos todos los sitios a los que nos gustaría ir e involuntariamente hacemos un cálculo de los años que necesitaríamos para ello y los que nos puedan quedar para viajar en buenas condiciones, suponiendo que se sigan dando circunstancias favorables (economía, situación familiar, salud, etc...).
Reconozco que viaje tras viaje cometo los mismos errores. Mi obsesión por abarcar todos los aspectos de la realidad, por captar todas las imagenes posibles, por imbuirme del espíritu local, me lleva a un ritmo de actividad frenética los primeros días y posteriormente cierta languidez cuando la sensación de novedad se va apaciguando. De hecho es curioso que antes de deshacer la maleta generalmente ya estoy pensando en cual
podría ser mi próximo destino.
Como conclusión hay dos cosas sobre las que no tengo ninguna duda. La primera es que para mi viajar es una necesidad vital de la que no prescindiré salvo circunstancia de fuerza mayor. La segunda es que no merece la pena engañarse, por muy lejos que vayamos no podremos escapar de nosotros mismos.
miércoles, 20 de agosto de 2014
Presentación
Esta primera entrada la voy a dedicar a explicar tres cosas: la elección del título del blog, su razón, incluso su justificación, para existir y su temática. La idea de crear este segundo blog, pues ya vengo publicando otro de contenido complemente diferente, surgió recientemente durante el desarrollo de un viaje que realice al extranjero en solitario. Durante las muchas horas de caminata en busca de los puntos de interés para visitar, los agotadores desplazamientos, las melancólicas sobremesas y las laxas horas en los hoteles, tuve mucho tiempo para pensar, o para ser mas exactos, para que me asaltasen todo tipo de pensamientos, no todos felices. La imagen metafórica, y a veces literal, de mi persona conversando con mi propia sombra me trajo a la cabeza la obra El caminante y su sombra de Friedrich Nietzsche. Al existir ya un blog en Blogger con este nombre, se me ocurrió que El pensador y su sombra podría ser una alternativa. Sin embargo, me resultó pretencioso y finalmente opté por El divagante y su sombra, pues en el fondo creo que refleja bastante bien lo que en ese momento se barruntaba como la espina dorsal de este proyecto.
En cuanto a los motivos que me impulsan a emborronar estas líneas se encuentra el deseo de ordenar un poco esos pensamientos y compartir con vosotros temas de reflexión que creo pueden tener cierto interés.
Volviendo a Nietzsche, éste dijo en una ocasión que el hecho de que a todo el mundo le estuviese permitido leer corrompe, a la larga, el hecho de escribir. Yo discrepo y opino que el hecho de que a todo el mundo le esté permitido escribir corrompe, o al menos trivializa, el hecho de leer. Si ya se publica demasiado en letra impresa, la proliferación de escribidores en la red puede calificarse de endémica. En este contexto, ¿está justificado añadir un espacio más a éste pandemonium de pseudoinformación?
Os soy sincero, no me mueve la megalomanía, no pienso que mis opiniones sean especialmente relevantes o singulares. Más bien lo que pretendo es, si consigo algún seguimiento, crear un foro de debate donde intercambiar puntos de vista, lo cual resulta a veces dificil cuando estamos inmersos en la banalidad habitual de las conversaciones sociales al uso o de las redes sociales.
En cuanto al tema o los temas sobre los que versarán las publicaciones, pretendo que el blog tenga un caracter heteróclito, si bien las piedras angulares deben ser la filosofía, la psicología, la literatura, la cultura, la realidad política y social, etc... Pero no hay una hoja de ruta establecida por lo que será la propia dinámica del blog, en particular la respuesta que éste tenga, y mi propia trayectoria existencial, la que irán definiendo paulatinamente el ecosistema en el que nos moveremos.
No puedo sino agradeceros de antemano vuestra partipación, ya sea activa o pasiva, y desear que algo de lo que aqui se escriba os haga pensar.
En cuanto a los motivos que me impulsan a emborronar estas líneas se encuentra el deseo de ordenar un poco esos pensamientos y compartir con vosotros temas de reflexión que creo pueden tener cierto interés.
Volviendo a Nietzsche, éste dijo en una ocasión que el hecho de que a todo el mundo le estuviese permitido leer corrompe, a la larga, el hecho de escribir. Yo discrepo y opino que el hecho de que a todo el mundo le esté permitido escribir corrompe, o al menos trivializa, el hecho de leer. Si ya se publica demasiado en letra impresa, la proliferación de escribidores en la red puede calificarse de endémica. En este contexto, ¿está justificado añadir un espacio más a éste pandemonium de pseudoinformación?
Os soy sincero, no me mueve la megalomanía, no pienso que mis opiniones sean especialmente relevantes o singulares. Más bien lo que pretendo es, si consigo algún seguimiento, crear un foro de debate donde intercambiar puntos de vista, lo cual resulta a veces dificil cuando estamos inmersos en la banalidad habitual de las conversaciones sociales al uso o de las redes sociales.
En cuanto al tema o los temas sobre los que versarán las publicaciones, pretendo que el blog tenga un caracter heteróclito, si bien las piedras angulares deben ser la filosofía, la psicología, la literatura, la cultura, la realidad política y social, etc... Pero no hay una hoja de ruta establecida por lo que será la propia dinámica del blog, en particular la respuesta que éste tenga, y mi propia trayectoria existencial, la que irán definiendo paulatinamente el ecosistema en el que nos moveremos.
No puedo sino agradeceros de antemano vuestra partipación, ya sea activa o pasiva, y desear que algo de lo que aqui se escriba os haga pensar.
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