Evidentemente hay muchos motivos para viajar. Se puede viajar por trabajo o para visitar a unos familiares o amigos que hemos dejado en nuestro país o ciudad de origen o a aquellos que se marcharon en pos de una formación, un trabajo, un amor, o simplemente un cambio de aires en su vida. Pero aquí quiero referirme al viajero turista, a ese espécimen que vive, trabaja y ahorra (cuando esto es necesario) durante todo el año pensando en las vacaciones, en dejar aparcadas sus preocupaciones, sus frustraciones y su modus vivendi habitual mediante esa especie de discontinuidad en el discurrir de nuestra existencia que constituyen los viajes de placer. Aquí también existe una enorme heterogeneidad atendiendo sobretodo a dos aspectos: el tipo de compañía y el tipo de destino. Los viajes que se realizan entre un grupo de amigos son sin duda la opción más relajada desde el punto de vista psicológico pues la ausencia de vínculos afectivos, en el sentido romántico del termino, nos exonera de la vigilancia sobre las necesidades y el estado de ánimo del otro. Es cierto también que esta coyuntura se presta a veces a la dipsomanía y otros excesos que generalmente se asumen como algo justificado dada la excepcionalidad de la situación. En el lado opuesto se sitúan los viajes en pareja que es sin duda la opción más delicada y contradictoria. Seguramente todos soñamos con la realización de un bonito viaje con la persona amada (y amante), y con la existencia en primer lugar de dicha persona, si no es el caso. Sin embargo, por experiencia propia y ajena estos viajes suelen estar preñados de ciertas dosis de amargura. Posiblemente la obligación de convivir durante veinticuatro horas al día, incluyendo el exiguo espacio de las habitaciones de hotel, donde todo el universo particular de pequeñas manías queda al descubierto, la necesidad continua de tomar decisiones sobre horarios, itinerarios, etc... nos lleva a un estado de susceptibilidad e irritabilidad que tarde o temprano desemboca en la confrontación y la extorsión. En no pocas ocasiones un viaje daña de forma seria una relación e inclusive desencadena la ruptura. En un punto equidistante se sitúan los viajes entre grupos de parejas, e incluso mixtos, parejas y "singles", que en cierto modo se puede considerar una estrategia interesante para intentar prevenir, o al menos paliar, los efectos devastadores de la convivencia itinerante. Y por último los viajes en solitario, sobre los que hablaremos en breve.
Por lo que respecta al destino ciertamente tiene poco que ver el turismo de sol y playa, o el turismo rural, que es en puridad el único en el que el objetivo primordial es el relax y la diversión sin complicaciones con lo que podríamos llamar el turismo cultural donde, lejos de buscar el descanso, lo que ansiamos es ampliar nuestro acervo cultural y satisfacer nuestra curiosidad intelectual observando el carácter y las costumbres de la gente, escuchando otras lenguas, contemplando el patrimonio cultural y artístico, probando la gastronomía, etc. El turismo cultural, especialmente cuando nos lleva a países sobre los que sabemos mas bien poco, reune unas características muy especiales. La sensación de aventura, la excitación por descubrir lo desconocido, la necesidad de autoafirmarnos como personas "de mundo" se impone a la incertidumbre frente a las barreras idiomáticas y a la sensación de desamparo frente a cualquier circunstancia imprevista (problema médico, acto criminal, etc...). Cuando se realiza de forma individual nos enfrenta quizás a la soledad en su estado más puro, aunque esto es algo un tanto paradójico puesto que nuestra condición de extranjeros de paso nos dispensa de la obligación de conocer a nadie, por lo que nuestra solitud es asumible como algo normal. Es un lugar común que los viajes se disfrutan más durante la preparación y la visualización previa que durante la realización en si. En mi caso personal los viajes resplandecen más a posteriori, cuando las incomodidades, los sinsabores y tensiones sufridos se difuminan y se convierten en anécdotas y lo que subyace es la placentera sensacion de conocer un pedacito más de este vasto mundo. Esto a veces, por reducción al absurdo, nos crea una sensación inquietante cuando analizamos todos los sitios a los que nos gustaría ir e involuntariamente hacemos un cálculo de los años que necesitaríamos para ello y los que nos puedan quedar para viajar en buenas condiciones, suponiendo que se sigan dando circunstancias favorables (economía, situación familiar, salud, etc...).
Reconozco que viaje tras viaje cometo los mismos errores. Mi obsesión por abarcar todos los aspectos de la realidad, por captar todas las imagenes posibles, por imbuirme del espíritu local, me lleva a un ritmo de actividad frenética los primeros días y posteriormente cierta languidez cuando la sensación de novedad se va apaciguando. De hecho es curioso que antes de deshacer la maleta generalmente ya estoy pensando en cual
podría ser mi próximo destino.
Como conclusión hay dos cosas sobre las que no tengo ninguna duda. La primera es que para mi viajar es una necesidad vital de la que no prescindiré salvo circunstancia de fuerza mayor. La segunda es que no merece la pena engañarse, por muy lejos que vayamos no podremos escapar de nosotros mismos.
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