domingo, 24 de agosto de 2014

El miedo a la muerte

Me he preguntado muchas veces en mi vida si el miedo a la muerte es algo innato en el ser humano o adquirido culturalmente. La respuesta no es sencilla pues por una parte el miedo a la muerte y al sufrimiento, y el sufrimiento en si mismo, es el sustento para la creación y la continuidad de la mayoría de las religiones y por otra parte son las religiones las que con más ahínco han fomentado dicho temor para conseguir poder y adeptos. No obstante ambos razonamientos se revelan excesivamente simplistas como veremos. Antes que nada aclarar que no nos estamos refiriendo al instinto de supervivencia, atributo innegable no solo en el ser humano sino en todo ser vivo sino a una sensación patológica de angustia que condiciona la vida del individuo. Desde un punto de vista antropológico podríamos pensar que la percepción que tengamos de nuestra propia muerte dependerá de como entendamos nuestro rol en la sociedad. Un individuo misántropo o solipsista puede probablemente percibir su deceso como una tragedia suprema puesto que no se identifica con la sociedad que le sobrevivirá. Por contra una persona que sienta que forma parte de un cuerpo social cuya existencia está en un orden superior y en la que durante su trayectoria vital ha dejado un cierto poso puede quizás encontrar cierto consuelo en esta especie de fraternidad. Esta argumentación tiene no obstante puntos débiles. En primer lugar nos encontramos con el sujeto ególatra que quiere que, además del reconocimiento en vida, se le recuerde por su talento, su obra, su riqueza, su poder, etc... y encuentra satisfacción en ello. No siente en realidad empatía por el resto de sus congéneres puesto que se siente superior a ellos. Por otra parte un individuo temeroso puede buscar refugio en la comunidad precisamente para esconder su excesivo azoramiento o para compartir tan pesada carga con otros seres igual de mortales que él sin que por ello su espíritu halle remanso de paz alguno. Es un tema de discusión en biología evolutiva si en la naturaleza la lucha por la supervivencia se produce a nivel de especies, de grupos e incluso a nivel de genes. Los partidarios de la teoría del gen egoísta, con Richard Dawkins a la cabeza, sostienen que los seres humanos somos "máquinas de supervivencia" de nuestros genes e intentan explicar la evolución en base a este principio. A mi juicio resulta difícil justificar de esta forma el que haya personas que voluntariamente decidan no tener descendencia...pero si que da una explicación, distinta a la que daría la psicología, del porque generalmente las personas se sienten realizadas al tener hijos a los que de alguna forma ven como una prolongación de si mismas. Realmente en muchos casos es más el entorno familiar que el social el que cobra relevancia a la hora de que la persona sienta que ante su ausencia "su recuerdo seguirá vivo", al menos durante un tiempo, claro.
Como decía al principio las cosas no son tan sencillas en cuanto a la relación con el tema de la religión. Hay muchas personas que experimentan terror ante la idea de su propia muerte y que no tienen creencias religiosas. En algunos casos, incluso en contra de lo que ellos quisieran. Por citar a dos escritores que me son muy queridos Miguel de Unamuno en San Manuel Bueno, mártir, proyecta el sufrimiento ante su propia falta de fe en el personaje del párroco y Julian Barnes en Nada que temer, paradójico titulo para un libro dedicado enteramente a su tanatofobia, confiesa que nada le habría gustado más que hallar consuelo en la divinidad. No recuerdo ahora mismo que autor dijo que "la religión es el medio por el que las personas débiles son dominadas por otras sin escrúpulos". Esta afirmación me resulta excesivamente taxativa. A mi juicio tiene que haber, junto con la educación, por supuesto, una predisposición psicológica hacia lo sobrenatural. Sin ella ni una educación de orientación religiosa ni vivir sumidos en el miedo nos hará creer, al menos de forma sincera, en entidades trascendentes.
En el sentido inverso, nadie puede tener duda de que la religión, especialmente la católica, ha utilizado la muerte para aterrorizar a la población. Tanto con la inminencia de la misma ante la no observancia de estrictas reglas, ya sea por castigo divino o por mediación de la propia iglesia, como con la idea del infierno.
Sin embargo, sería injusto atribuir exclusivamente a la religión el fomento del miedo a la muerte. Si nos situamos en la época más actual los medios de comunicación, con su abrumador poder en todos los aspectos de nuestra vida, juegan un papel fundamental. Principalmente mediante la exhibición morbosa de los efectos de terribles ejecuciones, atentados, accidentes, etc. También mediante la exaltación de la juventud como bien supremo, especialmente en el terreno de la publicidad, y por lo tanto el desplazamiento y la ocultación de la vejez, antesala de la muerte, como un tema prácticamente tabú. También los poderes políticos han utilizado y lo siguen haciendo el fomento del terror para justificar medidas éticamente injustificables.
Hay personas que desarrollan trabajos que tienen altas dosis de riesgo para sus vidas. Otros se ponen en riesgo por motivos ideológicos o humanitarios. Los hay también que lo hacen por el mero hecho de sentir el vértigo y la descarga de adrenalina, como en el caso de los deportes de alto riesgo. No son, en general, personas que deseen morir, pero si que hemos de pensar que poseen una cualidad, el valor, que les hace sobreponerse a la reacción que tendríamos la mayoría. ¿Es en el fondo el valor la inconsciencia, el optimismo que les hace sentirse invulnerables a todos los peligros?¿ O la aceptación consciente de las consencuencias pensando que realmente puede pasar? Sinceramente no lo sé, siempre pienso en los fumadores que ponen en riesgo sus vidas de forma absurda aun teniendo conocimiento racional del riesgo pero sin llegar a creer que les vaya a suceder lo que les sucede a otros con su mismo vicio.
Sin embargo, y curiosamente, nadie calificaríamos a un fumador de persona valiente sino débil y si al que hace salto base cuando ambos pueden ser víctimas de una adicción, aunque de carácter muy distinto.
Y existen también personas que se suicidan. Para los autores románticos, el suicidio era el acto supremo de afirmación de la voluntad humana. Esto es discutible puesto que habría que definir que se entiende por voluntad. El suicida es por lo general una persona que se encuentra en un episodio depresivo mayor, con independencia de los motivos que le hayan llevado a él, que pueden ser muy variados, en el que la sensación de angustia, de desesperanza, es tan intensa e insoportable que aniquila incluso su instinto para sobrevivir. Es más bien una situación de cesación de la voluntad, de colapso absoluto del impulso vital.
Este último párrafo nos lleva a una pregunta un tanto paradójica e inesperada. ¿No es acaso un cierto miedo a la muerte, siempre que sea controlable y no mediatice drásticamente nuestras vidas, una condición y un síntoma de una relativa salud mental?
















1 comentario:

  1. En relación a tu reflexión, pienso que el hecho de diferenciar el instinto de supervivencia de la sensación de angustia que produce la idea de la muerte puede ocasionar algún conflicto discursivo.
    Por un lado, creo que la muerte no solo existe como final de la vida orgánica de un ser vivo, sino que puede producirse antes de que el cuerpo del ser vivo muera. Y aunque pudiera parecer que esta idea es abrir en exceso el campo del debate que nos ocupa, no lo es tanto si pensamos en lo desdibujados que pueden llegar a estar los límites entre la vida orgánica, la emocional e intelectual.
    Por otro lado, algunas facetas del instinto de supervivencia no solo pueden identificarse con el miedo a morir sino más bien con el de no vivir. Es decir, con la sensación de que nuestras vidas se nos escapan de las manos, de perder la capacidad de gobernarlas y, en consecuencia, dejar de ser nosotros mismos. Lo que es lo mismo que morir en vida.
    Está claro que cada individuo tiene una percepción distinta de estos aspectos directamente relacionada con su entorno y con el modo en el que se inscribe en él. Lo que, efectivamente, nos lleva irremediablemente al tema de la colectividad cuando partimos del supuesto de que una persona no puede vivir en soledad a ningún nivel sino que siempre necesita del reconocimiento o de la empatía del prójimo, aún sea de unos pocos y no siempre éstos se hallen vivos.
    De hecho, la fraternidad, como una de las formas más elevadas de sentir la colectividad, va ligada necesariamente a ciertas dosis de sufrimiento que son, precisamente, las que permiten al individuo sentirla y actuar en consecuencia. Y la idea de sufrimiento vuelve a remitirnos de un modo u otro a la de la muerte.
    De la misma manera, como apuntas, el recuerdo de las personas, no deja de ser algo temporal. Por ese motivo, lo que a mí me interesa es la capacidad de algunas personas de impregnarse en otras, configurándolas, modificándolas y/o enriqueciéndolas. En tus palabras, creo que sería el “poso”, siempre que se trate de un poso vivo, capaz de fundirse con cada individualidad y de activarse e interactuar con otros.
    Por último, es cierto que la muerte del cuerpo posee el carácter terrible de lo definitivo. Lo que fue nunca volverá, lo que quedó pendiente nunca se realizaría, y lo que fue, fue así para siempre sin ninguna posibilidad de cambio. Ideas que me remiten a un sentimiento sobrecogedor que es el de la certeza sobre la dependencia absoluta o base orgánica y por ende, mortal, de todo nuestro ser, incluido el pensamiento.

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