La teletransportación de seres humanos es una de los ideas más recurrentes de la ciencia ficción a lo largo de la historia -comparte este protagonismo con los viajes en el tiempo-, y también de las más fascinantes, pues encierra preguntas cruciales a múltiples niveles: científico, filosófico, ético, etc.
La primera de estas preguntas puede parecer obvia pero no lo es en absoluto: ¿qué entendemos realmente por teletransportación? El cine nos ha dejado multitud de escenas en las que un individuo se introduce en un habitáculo semejante a una cabina de hidromasaje y, tras manipular algunos controles, reaparece de forma casi instantánea en un habitáculo similar ubicado en algún lugar remoto. Recuerdo que cuando veía esas películas, las preguntas más o menos ingenuas que siempre me hacía -o hacía a quien tuviera la paciencia de escucharme- eran:
- ¿Qué ocurriría en el caso de que se produjese un fallo durante la "transmisión" -algo siempre posible cuando hablamos de aparatos tecnológicos? ¿donde estaría esa persona? ¿moriría? ¿tiene sentido hablar de muerte en el sentido convencional, es decir, ante la ausencia de un cadáver que lo atestigue? ¿hablaríamos de desaparición? ¿sería asumible un riesgo vital tan elevado? Hoy en día sólo tengo respuesta a la última de las preguntas, pues se reduce a un mero cálculo actuarial. Es decir, si la probabilidad de que se produzca un accidente fatal es menor o igual a la de un accidente aéreo, ir en avión sería algo tan absurdo como hoy en día hacer un viaje en barco para pasar unos días de vacaciones en Nueva York.
- Partiendo de que la teletransportación implica la necesidad de enviar información a un punto remoto y puesto que nada es más sencillo que replicar la información, ¿que nos impediría enviarla a varios puntos y crear varios sosias idénticos.
- ¿Esta información podría, en lugar de ser enviada de forma inmediata al punto de destino, almacenarse en algún dispositivo o base de datos, presta a ser utilizada en el momento que el usuario disponga? De ser así, constituiría una excelente alternativa a la criogenización.
- Y por último, la que más perplejidad me ha producido siempre. Para entenderla, hay que tener en cuenta que los escritores y guionistas de ciencia ficción empezaron a pensar en la teletransportación mucho antes de que internet fuese una realidad -no digamos ya de la llamada teleportación de estados cuánticos mediante qubits-. Seguramente no concebían la codificación de todos los estados cuánticos a nivel atómico y subatómico en paquetes de información que pudiesen ser enviados a través de un determinado canal -electomagnético o de cualquier otro tipo- sino en que cada partícula fuese literalmente "transportada" a una velocidad inusitada (quizás cercana a la de la luz) y de forma solidaria al resto, de forma que cada átomo y molécula, cada célula, tejido y órgano siguiesen funcionando exactamente igual que antes del "viaje", preservando incluso de forma intacta la conciencia del individuo -volveremos sobre este punto más tarde-. Por ese motivo, para ellos no era un problema pensar en que pasaría con el sujeto origen, es decir, aquel en el que se basaría la copia. Si entendemos la teletransportación como un envío de información, de la misma forma que en el destino necesitaríamos material -no se a que nivel, si atómico, celular, histológico- para materializar la copia, en origen tendríamos que desechar todo el material biológico que ya no resulta de utilidad, ya que de lo contrario tendríamos dos copias del mismo individuo -sería seguramente inapropiado seguir llamándolo así-. Por poner una analogía muy sencilla, si queremos enviar un documento por fax, necesitamos papel en blanco en el destino para crear la copia, y si queremos que no haya dos copias -o un original y una copia- tendremos que destruir el papel en el que estaba inicialmente impreso.
Por absurdas o delirantes que puedan parecer estas preguntas, me sirven para introducir mi punto de vista respecto al asunto que estamos tratando. La teletransportación en si -hablando siempre de seres humanos- no es lo que me parece interesante. Su aparente imposibilidad no radica en limitaciones tecnológicas que pudiesen superarse en un futuro, sino en principios fundamentales de la física como el principio de incertidumbre, que nos dice que es imposible determinar con exactitud cada una de las magnitudes observables que sería necesario medir para tener el conocimiento completo respecto a un individuo, entendido este como un sistema físico extraordinariamente complejo. Lo que me resulta estimulante es que nos induce a pensar, en última instancia, en conceptos tales como la realidad, la indivualidad del ser humano y la conciencia. Si hasta ahora nuestro enfoque ha sido más bien positivista -pues tratábamos de exponer las contradicciones inherentes a un procedimiento que en la ficción se suele asociar con sociedades tecnológicamente avanzadas-, en este punto nuestra mirada queda libre de prejuicios puesto que, en mi opinión, el conocimiento científico, la filosofía, la espiritualidad -que no la religiosidad-, incluso la poesía, nos proporcionan aproximaciones complementarias, no necesariamente contradictorias. Son simplemente lenguajes diferentes que nos permiten, si no obtener respuestas, si al menos vislumbrar intuiciones, destellos de luz.
Una de las hipótesis implícitas en la teletransportación es que la conciencia humana es exclusivamente la consecuencia de las reacciones sinápticas que ocurren en el cerebro y que, por lo tanto, un indivuduo con idéntica red neuronal que otro, no solo tendrá la mismos recuerdos, conocimientos, emociones, etc, sino que tendrá la misma percepción de su yo, de su propia existencia. Es decir, el espítitu humano -entendido aquí como la conciencia- no tiene una existencia extracórporea, está completamente confinado a los límites de nuestra corporeidad. Es una visión profundamente individualista, que no es capaz de explicar el porque existe una conciencia colectiva que opera a un nivel superior al del individuo. De la misma forma que en un hormiguero las hormigas actúan de acuerdo a una compleja organización social que ninguna de ellas es capaz de comprender por si misma, las sociedades humanas se rigen por una inteligencia colectiva -que al igual que la individual, puede ser manipulada-. En mi opinión, esta es la razón última -por encima de leyes, gobiernos, poderes fácticos-, por la que en un sistema tan complejo y altamente caótico como es una sociedad humana aparecen regularidades, patrones -atractores en el lenguaje de los sistemas dinámicos-, que permiten que pueda perdurar en el tiempo. Nos guste o no, los seres humanos formamos parte de un todo -llamémosle universo- que no es solo una realidad material, sino también una realidad espiritual. ¿Habría sido posible de otro modo una proeza tal como el lenguaje humano?
Si los electrones, quarks y gluones de los que estamos hechos son los mismos que constituyen al resto de la humanidad, los animales, las plantas, los planetas, las estrellas, si las leyes fisicas rigen de igual modo en todo el universo, si sólo somos un pedacito -minúsculo, es cierto- de la energía del universo, ¿tiene sentido limitar la conciencia a nuestra efimera envoltura carnal, a nuestro yo individual? ¿Tiene sentido dividir un río en partes cuando el agua que ahora está en una después estará en otra? O, en cierto modo, y puesto que formamos parte de ese todo, ¿estamos presentes no sólo aquí sino también en otras partes?
Esta argumentación tiene detractores, que sostienen -o mejor dicho dicen haber demostrado- que la conciencia humana es justamente el resultado del entrenamiento de los circuitos neuronales, y que por lo tanto podría ser simulada por una máquina de Gödel -un hipotético ordenador que "aprendería a pensar" por si mismo reescribiendo el código que no le resulte útil.
Mi única pretensión es reflexionar en voz alta sobre estas inquietantes cuestiones, desde una perspectiva meramente especulativa y con el ánimo de que podais opinar, a favor o en contra, sobre unas ideas ya mas o menos estructuradas.
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